Aquella espera de dos horas


#1

Por razones que no vienen al caso durante algunos años de mi vida me he pasado muchas horas esperando dentro de mi coche. Lo normal para otras personas hubiese sido en mis mismas condiciones ver pasar el tiempo en la cafetería más cercana, disfrutando de un té con hielo o cualquier cosa que se le ocurra pedirse a todos aquellos que se sientan solos en una cafetería. Dada esta cantidad ingente de horas que venía pasando en mi vehículo, decidí acomodarlo con todo tipo de alternativas de recreo y demás enseres que pudiesen suponerme un entretenimiento. Digamos que mi coche era una mezcla entre el bibliobús y el bolsillo de Doraemon. Libros, siempre varios libros, desde el maletero, guanteras o debajo de los asientos. También varias revistas en papel más una tablet llena de PDFs descargados. Cuando me cansaba de leer tiraba de cualquier otra cosa. Tenía de todo, eso sí, muy bien ordenado, siempre en cajas o macutos de velcro para el maletero de esos que se quedan bien pegaditos y nada se mueve.

El caso es que ese día en concreto me cansé de leer. Tenía la puta cabeza como un bombo. Estaba aparcado por Madrid, muy alejado de la zona azul, la zona verde, la zona naranja y la zona me cago en los muertos de su puta madre. Mínimo tenía para hora y media. Así que me climaticé a modo marmota el habitáculo y me acomodé. Uno de mis tantos problemas es que no soy persona de no hacer nada, me cuesta ver el tiempo sin tener algún tipo de actividad, aunque sea bajo una horizontalidad perpetua, pero tengo que estar haciendo algo. Así que empecé a rebuscar entre todos los enseres lúdicos que tenía en aquel momento. Justo cuando me bajé para abrir el maletero empezó a caer una tromba de agua terrorífica. La mañana se inició amenazante pero parece que el cabronazo de Zeus estaba expectante a poder engancharme a la primera de cambio. Con el trasiego y las ganas de no pasar el resto de la espera empapado enganché las dos primeras cosas que vi, un bote de análisis de orina y una navaja.

Me adentré rápidamente en el asiento del piloto y cerré la puerta como si una leona en celo me estuviese persiguiendo. El traqueteo de la lluvia me hacía segregar las endorfinas necesarias para ser feliz. Todo iba de puta madre hasta que a los pocos minutos con el divertido soniquete de la naturaleza me entraron unas ganas tremendas de mear. Pensé que bueno, ya me habría tocado la hora de entrar en una cafetería y consumir, porque me da extremadamente vergüenza adentrarme en este tipo de locales para mear solamente. Antes de arrancar el motor me dio por palparme el bolsillo y abrir la cartera. Me di cuenta que no llevaba ni un mísero euro y me acordé de que la tarjeta de crédito me la había dejado encima del escritorio tras hacer unas compras por Internet. Tieso como una mojama.

Tengo que decir que estaba aparcado alejado de la mano de Dios, normalmente me gusta hacer las esperas obligatorias en lugares en los que tenga que cruzarme con el menos número de seres humanos. Por mucho que esperase a que escampara el cielo no me daba tregua así que ya que estaba bien mojado, podría mojarme más todavía. Salí para mear, tapándome con mi propio coche, pero ahora de la nada, tras media hora encerrado sin ver a nadie, no paraban de pasar hijos de puta con chubasqueros. Un ciclista, un chico paseando al perro encharcado, con lo que apesta un perro mojado, dos corredores y un despistado corriendo con una mochila en lo alto. Entre unos y otros me cerraron el esfínter mil veces. Meé lo suficiente como para que las ganas se multiplicasen aun más. Volví a meterme en el coche. Ahora mi aspecto era deprimente. Las cejas me goteaban como si hubiese salido de una piscina, pero no os preocupéis porque todo siempre es susceptible de mejorar.

No aguantaba más, así que con las neuronas justas como para no cagarme encima, observé el bote de orina y lo abrí. Sin titubear me saqué la churra y empecé a orinar en él desde el mismo asiento del piloto pensando en todo momento que lo que me quedaría por expulsar serían dos gotas. Un carajo para mí.

Entre el latiguillo del pantalón, que estaba meando sentado y el rizo que tuvo que hacer mi columna para dejar que la vejiga trabajase era incapaz de cortar la orina. Conseguí cerrar el bote como pude pero al aflojar la presión de los calzoncillos y del propio vaquero contra mi polla aquello empezó a mearse como cuando te quitan una sonda. Era un puto aspersor.

Bajé la ventanilla para respirar un poco de aire, pero con la humedad del ambiente que entró a los pocos segundos el coche apestaba enteramente a meado. Y allí que estaba yo. Empapado de agua y rociado por mi propio orín, secándome las manos en mi propio pecho, deseándome una muerte rápida e indolora. Cómo un hombre como yo, con un plan perfectamente trazado, podría llegar a verse envuelto en esta diatriba tan innecesaria.

La lluvia empezó a golpear más y más fuerte, así que no tuve otra que subir la ventanilla y disfrutar de los efluvios que yo mismo procesaba. Ni escampaba ni proyecto que había, y yo deseando poder salir tranquilamente para deshacerme del puto bote de orina que estaba hasta arriba y que al menos afortunadamente conseguí cerrar con gran destreza y habilidad. Decir que el bote era uno de esos medianamente modernos cuya recogida de orina se realiza de la manera más higiénica posible. Yo empecé a palparlo entre mis manos mientras seguía disfrutando en la medida de lo posible de aquella tormenta, hasta que presioné demasiado fuerte la pegatina de seguridad y adentré el dedo índice de mi mano derecha en el único hueco de todo el bote donde no debía haberlo metido. ¡PLAS! Y me clavé hasta el fondo la aguja. Me inoculé mi propia orina haciendo con mi dedo una cámara de vacío.

Saqué rápidamente mi dedo y me lo apreté. Eso empezó a echar sangre de una manera desproporcionada. Me escocía por la pura orina, así que lo empecé a mover, como si ello me supusiera aliviar el dolor, pero así reaccioné. En ese momento no me daba cuenta, pero las salpicaduras de sangre hicieron del techo un cuadro para la feria de ARCOS. Dejé el bote de pie en el posavasos, para evitar que se escapase más orina y busqué entre mis guanteras algo para poder solventar el asunto. Di con un bote de alcohol de manos desinfectante. Nuevamente cometí otro genial error. Nunca os echéis alcohol desinfectante de manos cuando lo que pretendéis es cortar una hemorragia, por pequeña que sea. Se me cayó el tapón, así que toda aquella solución jabonosa se volcó sobre mi mano tornándose en un par de segundos en sangre, se coloreó como si la pigmentación de mi savia fuese Titanlux. Me miré por el retrovisor y estaba enteramente de arriba abajo, manchado de sangre. Y de orina. Desconozco como un pinchazo, por muy fuerte que sea y la suma de algunas malas ideas propias, pudieron convertirme en el protagonista del SplatterHouse.

Así que ya que estaba hasta arriba de todo tipo de fluidos corporales no placenteros me volví a bajar del coche para que la naturaleza hiciese su trabajo. Gracias al mejunje la sangre me chorreaba por la mano, sangre que evidentemente no era, era el bote de alcohol desinfectante que me eché entero y que ahora además con el chaparrón tintaba más cantidad de líquido. Parecía que acababa de degollar a medio barrio, pero me daba exactamente lo mismo, quién me iba a ver en mitad de la calle más olvidaba de Madrid, pues nada más y nada menos que una patrulla de la Policía Local.

Cuando se bajó el copiloto yo pensaba que me iba a pegar directamente tres tiros y que luego ya preguntaría. Imagínenme mirando al cielo, sintiendo el gotear en mi rostro, como el protagonista de Power antes de que le matase el rayo, con la mano recién sacada de una matanza y los pantalones extrañamente muy húmedos por mi zona genital. La conversación, si se puede llamar de esa manera, fue la siguiente.

  • ¡¡¡AL SUELO!!! ¡¡¡AL SUELOOOO!!!
  • ¡¡¡QUE ME HE MEAOOOO, QUE ME HE MEAOOO!!!
  • ¡¡¡AL SUELO LE HE DICHOOOO!!!
  • ¡¡¡QUE ME HE PINCHADO, COJONES!!!

Y posé ambas rodillas al unísono en aquel fanganoso terreno, imagen más que descriptiva de la eficacia del sin sentido de mis ideas.

En resumidas cuentas, después de verme reflejado en la escena final como el malo de Seven mientras Brad Pitt está a punto de volarle la cabeza en aquel descampado, me llevaron bajo un techado y evidentemente no les conté lo que pasó, porque tampoco iban a creerme. No sabía cómo salir de aquella situación. Me acordé en aquel momento de Homer cuando le dice a Bart que para salir indemne de una pelea basta con decir que eres hemofílico. Y eso hice. Les dije que era hemofílico, que sí, que me pinché el dedo mientras conducía y decidí parar allí y bajarme porque sino podría haber llegado a tener un accidente. Se ve que con la nerviosera lo de “¡¡¡QUE ME HE MEAOOO!!!” ni lo escucharon.


#2

Un guión digno de Lars Von Trier… La realidad siempre supera a la ficción y más si tu andas metido por en medio… :joy: :joy: :joy: :joy: :joy:


#3

Una historia digna del fantaterror de los 70!


#4


#5

Hasta hoy esta historia solamente la conocía entera una persona. Un placer compartirla por aquí, me animé a transcribirla tras leer las insuperables peripecias de otros usuarios de este nuestro foro.


#6

:jajaja: Joder el que me he meado he sido yo… por dios, esto hay que filmarlo, es un corto único :jojojo:


#7

La historia ni voy a comentarla, porque llevo ya un buen rato partiéndome la polla y creo que con eso basta. Lo que quiero agradecerte es tu inexistencia de complejos. De veras, el mundo necesita más personas como RatRater.


[ÍNDICE] Lo mejor de Tabloide
#8

Lo mismo digo.
Me he reído mucho yo también.


#9

Que crack!!! Lo que me he podido reír!!!


#10

Si la Policía Local te pega tres tiros hubiera sido la muerte más indigna desde aquel que se mató celebrando el gol de Iniesta cayendo por el balcón.

Gran historia.


#11

O aquel que se estaba follando una gallina y se le cayó una roca encima.


#12

¡Te inyectaste tu propia orina! jajajajajajajaj ni en el mejor de los guiones. Me estoy muriendo de risa!!!

:jajaja:


#13

Hay una cosa que se llama orinoterapia y que va de beber tu propia orina en ayunas, o de usarla a modo de bálsamo para heridas e incluso hay doctores que la inyectan para tratar ciertas enfermedades.
Como siempre @RatRater nos habla sin complejos de lo sano que puede ser ingerir los fluidos de nuestro cuerpo.
Espero que siga ilustrándonos con su sabiduría milenaria y que funde escuela con esto. Las futuras generaciones vivirán más sanas y sin complejos.

:comeon:


#14

Creo recordar que a Txumari Alfaro se lo cargaron de TVE precisamente por un programa en el que vendía la orinoterapia como el remedio para todos los males del cuerpo. Bendita televisión la de antes.


#15

Genial historia, lo cierto es que es una tortura cuando un quiere mear y no puede, y te lo dice un meón.

Una vez iba en mi coche y repentinamente se puso a llover demasiado fuerte, el limpiaparabrisas no daba más de si, por lo que decidí salir de la carretera y parar en un camino. Abrí la puerta y expulsé 2 litros de orina pero se me llenó el coche de agua; un intercambio de fluidos con la naturaleza en toda regla.

Escribo esto para que veas que no estás solo.


#16

a ver si algún día te animas a contar esas razones porque creo que hablo en nombre de todos si digo que nos come la curiosidad, en cualquier caso la historia es genial y está genialmente escrita, gracias por el buen rato.


#17

Sabia a lo que me enfrentaba si leía tu historia mientras desayunaba pero me has hecho reír. Como siempre. Eres un tipo sin complejos y eso es escaso. :jojojo:


#18

Y mear con la puerta cerrada no era opción? O measte sentado desde dentro


#19

desde dentro, como llovía mucho no podía bajarme del coche, pero tampoco quería mear el embrague…


#20

Excelente relato de incontinencia urinaria y tintes torrentianos, de “incómodas esperas” en un Mambo-@RatRater. El desenlace épico… Comparto con @Eimle que da para un corto.