Del frío mesetario a la calidez del Mediterráneo


#1

Ella era leonesa. De una comarca indeterminada. No se sabe a ciencia cierta si de la montaña de Luna o de Riaño; del Bierzo, La Bañeza, El Páramo o Sahagún. Todas tierras frías. Sólo supo que era “de León”. Y que tenía 18 años. No recuerda nada más. Ni siquiera su nombre.
El muchacho tenía 16 años.
Coincidieron en Barcelona hace muchos años. Mas de medio siglo.
Ella había ido recomendada a trabajar en una lechería (en inglés a dairy, en Barcelona una granja). El muchacho estaba de visita en casa de su tía, la dueña de la granja, donde vivía su abuelo desde que se hubo quedado viudo, siete años atrás.
Con su abuelo pasaba algunos ratos, pero fué su tío catalán quien le hizo de cicerone.
A pesar de todo, tenía muchos ratos libres que los pasaba en la tienda en compañía de la muchacha. Él, se limitaba a hacer el papel de cliente cuando había clientela. Cuando el flujo de parroquianos cesaba -algo así como cuando estás viendo un video y pulsas pausa- interactuaba con la dependienta.
La tienda tenía una trastienda a modo de office y una segunda trastienda que hacía las veces de almacén y donde se encontraba el aseo privado.
La joven, cuando se ralentizaba el flujo de clientes, se pasaba a la trastienda, donde había una pila para fregar la vajilla y la cristalería y un mostrador donde preparar las mezclas de café, desempaquetar la bollería, reponer las bandejas expositoras, etc.,etc.
Hablaban, charlaban, comentaban. No se sabe de qué concretamente. Seguramente de la gente que entraba y salía, de las costumbres que tenían, de lo distinta que era la vida en aquella ciudad…
Ambos veían con extrañeza que la gente para desayunar tomara un plato de nata montada a cucharadas y luego un croissant con el café. Ellos, que en sus pueblos y ciudades tomaban la nata de la leche untada en una rebanada de pan. Nata nata. Nada de montada, ni batida. En sus lugares de origen, lo único que habían visto batir eran las claras de los huevos.
El muchacho también era de tierras frías. Serrano de las estribaciones orientales del Sistema Ibérico. Podría haber sido de las comarcas del Arlanza, de La Demanda, de los páramos de La Lora, de Amaya o del Alfoz de Burgos. Sitios donde la berenjena era desconocida entonces.
Sitios donde para acostarse, había que templar las sábanas con el calentador


En Barcelona sin embargo, el muchacho estaba continuamente sudando. Tenía de continuo la piel húmeda de sudor. Con esa sensación tan agradable que produce una temperatura cálida y húmeda, que mantiene la piel hidratada y cubierta de una ligera capa de sudor, que no llega a gotear. Esa piel que al abrazarla da la sensación de estar accediendo al interior del cuerpo que protege.
El muchacho tenía calor y sudaba hasta por la noche.
Dormía en un jergón puesto en el suelo de la galería donde, por un lado había dos grandes puertas dobles acristaladas que daban al comedor una y al dormitorio de los tíos otra; y por el otro lado el largo ventanal y una puerta ciega que daba acceso al lavadero.
La joven madrugaba la primera. Cuando todos aún dormían (sobre las seis y media de la mañana) ella se levantaba, se aseaba, e iba al lavadero a recoger su ropa íntima que tendía por la noche.
El chico dormía en la galería entre las puertas del comedor -que nunca se cerraban- y la del lavadero; de tal forma que todas las mañanas, ella tenía que dar un paso más largo para pasar por encima del chico tumbado, casi desnudo -por el calor- y totalmente destapado -por el calor, que era agobiante para él aquel primer año que salió de sus tierras burgalesas-. Y en honor a la verdad, no con la más absoluta inocencia, ni falta de intención. En su fuero interno, buscaba provocar y excitar a la joven; aunque no tenía idea de qué podría conseguir con ello, si ello se producía; ni cómo podría llegar a saberlo. Porque no son cosas de preguntar, claro está.
La joven, después de recoger sus ropas, con las llaves de casa y de la tienda, se iba a abrir el comercio y franquear el paso a los proveedores, recibir los productos, firmar el recibo, ordenar la tienda y atender a los primeros clientes.
Así las cosas, como no siempre tenía cicerone a su disposición, el muchacho pasaba grandes ratos en la tienda.
La muchacha vestía una bata impermeable (o semi) no transparente, pero si traslúcida. Y a contraluz, se veía (no se adivinaba, no) su figura y su ropa interior. Vestía, debajo de la bata braguita y sujetador. Se veía. No muy nítidamente, pero lo bastante. Algo así como una foto desenfocada.
Pero el muchacho, que era inocente (salvo la pícara mala intención de exhibirse de madrugada solo para ella; sin calibrar las consecuencias que pudieran sobrevenir) no la veía como un posible ligue, o una probable aventura o cosa parecida. Entre otras razones, porque para entrar en esos juegos se necesita, ya que no intimidad, por lo menos privacidad; y allí, en un lugar abierto continuamente al público ¿cuando encontrar un momento propicio, lo suficientemente largo como para ponerse a jugar el juego amoroso?
Así que el muchacho jugaba con la dependienta. Pero un juego absolutamente inocente.
Además de hablar, charlar y comentar; encontraban la manera de contarse cosas graciosas que muchas veces les hacían reír juntos. Otras veces, la muchacha salía del mostrador a reponer dulces, bollería, batidos, zumos y ordenar las estanterías y expositores. Ella caminaba y se desenvolvía por la tienda y él la observaba mientras hablaban… y comentaban… y reían…
De vez en cuando, sin ninguna otra intención que la de provocar una sorpresa o un ligero sobresalto, él se acercaba a ella por detrás y con las puntas de los dedos tocaba sus costados justo por encima de sus caderas. Ella daba un pequeño respingo y hacía un breve comentario del tipo “uy, me has pillado” ::wapi: y :risa:
Otras veces, en vez de deambular por la tienda, se metía a la rebotica a limpiar vasos y tazas; y mientras trajinaba en la pila de mármol blanco, como estaba de cara a la pared, de vez en cuando giraba la cabeza a la derecha para mirar a través de la ventana que había en el tabique entre la rebotica y la tienda.
Un día, hablaban y hablaban y ella hacía tiempo que se había ido a la rebotica. Un espacio de tiempo anormal. Como ya había visto muchas veces, el tiempo que estaba lavando la vajilla era poco. Enseguida lo aviaba. Aquel día tardaba en salir y el muchacho, que para explicarse se ayudaba de las manos, quiso subrayar alguna aseveración o dejar más claro lo que defendía; se levantó de la silla desde la cual hablaba y caminó hasta la puerta de la rebotica. Miró a la derecha, donde estaba la pila de mármol, esperando encontrarla de espaldas y que para mirarle girase la cabeza.
No estaba de espaldas. Estaba así:

o para aproximarse más, así:

Segunda parte.
La reacción del jovencito pseudo-provocador, como buen alevín de futuro caballero digno de Tabloide; fue disculparse y dar media vuelta para dejar de invadir la intimidad de la joven dama.
Fue una de esas veces en que no se sabe si ya tienes ensayado y aprendido cómo debes actuar en una situación parecida que hipotéticamente se pueda presentar, o porque te han inculcado en la mente el respeto a las mujeres con frases similares a esta que solía decir el padre espiritual en la escuela: “hacedlas como las queréis o queredlas como las hacéis”.
O quizás, una de esas veces en que el cerebro procesa a velocidad de vértigo. Algo así como dicen que funciona en el momento previo a la visita de las tres Parcas, en el cual -dicen- pasa ante tus ojos toda tu vida (como si se tratara de un formateo del disco duro, para comenzar una nueva vida; aunque en otra dimensión).
El caso es que mientras giraba para regresar, su cerebro procesaba todo lo hasta entonces aprendido, para corroborar que lo que estaba haciendo era lo que debía.
Tiene que ser que la he pillado en el momento menos oportuno, cuando menos se esperaba que pudiese aparecer. Es que se estaba recomponiendo y ajustando la ropa, adecuando su colocación a la nueva postura erguida, posterior a la reclinada sobre la pila de mármol, con el fin de aparecer lo más dignamente posible y no de cualquier manera desaliñada.
No puede ser que se me esté ofreciendo. No. Eso no lo puede hacer una joven doncella llegada de las tierras del interior de la península, reserva espiritual no ya de España; que de toda Europa.
Si fuese una sueca, holandesa, alemana o incluso inglesa o hasta francesa, pudiera ser que fuese un tanto libertina; pero…¿una leonesa? ¿una castellana? ¡¡imposible!! Estoy en lo cierto. Estoy actuando correctamente.
Todo eso y más, pasó por su cerebro en la fracción de segundo que llevaba girando el cuerpo.
Dejó de pensar como si le hubieran pulsado en una tecla pausa que funcionase por estímulo sonoro.
Ella dijo: “no te vayas”. Y él se detuvo y volvió a mirarla.
Seguía allí. Con las nalgas desnudas apoyadas en la pila de mármol. Con las bragas bajadas hasta las rodillas. Con los brazos doblados por los codos y las manos a la altura del cuello agarrando el borde inferior del vestido.
Le dijo: “ven”. Y él ¿que podía hacer si no ir?
Se acercó a ella.
¿Que quieres? ¿Qué te pasa? -preguntó.
Dame tu mano dijo la joven. Y mientras el alevín de caballero acercaba su mano, ella juntó todos los pliegues del vestido en una de las suyas, para coger la mano del joven y llevársela a la entrepierna.
Abrázame, dijo apoyando su cabeza en el torso del muchacho.
El joven era un caballero en ciernes y sabía que llegado ese momento debía atender a la dama con la mayor delicadeza.
Ella decía “no aprietes, no me hagas daño”.
Y él no quería hacerla daño.
Con su brazo izquierdo la tenía abrazada, con sus labios acariciaba su pelo y besaba su cara y con la mano derecha acariciaba su pubis.
Ella le tenía cogido de la muñeca y le iba guiando arriba y abajo. Ora se acercaba, ora se apartaba ligeramente la mano del muchacho.
El chico colaboraba en lo que podía guiado por lo que le podía a él, que era más la curiosidad, que el deseo sexual; aunque en ese momento llevaba encima una erección del veinticinco.
Ver, lo que se dice ver de cerca la sonrisa vertical de una mujer, nunca la había visto vestida de vello. En su niñez, había visto algunas de cerca e incluso las había tocado y acariciado, pero eran sonrisas verticales desnudas, lampiñas.
Y ya que no con los ojos, quería ver aquella sonrisa vertical de dieciocho años, como ven los ciegos: con el tacto. Y la sintió por arriba y por abajo, por fuera y por dentro, toda en su conjunto y por partes separadas.
Ella mientras tanto, a la vez que apretaba la muñeca del joven y ejercía mayor o menor presión sobre su pubis, acercándose o separándose; apretaba sus glúteos juntandolos para empujar y los relajaba para separarse, en un movimiento rítmico y acompasado al de la mano que guiaba.
La escena duró un par de minutos. Nada más. No había tiempo para florituras. En cualquier momento podía sonar la campanilla electrónica de la entrada y entonces ya no daría tiempo más que de pedir por favor un segundo de espera, “mientras me seco las manos”.

Tercera parte.
En poco menos de dos minutos la señorita alcanzó su orgasmo. Él lo supo porque ella movía sus caderas, su pubis y sus nalgas con otro ritmo. Más intenso, más lento, como saboreandolo. Como cuando bebes un buen vino y lo paladeas en la boca. Como cuando tomas de un bocado una elaboración culinaria de un menú degustación de un buen restaurante y lo masticas con deleite.
Y además porque jadeaba y le besaba en la boca con sus labios húmedos.
En cuanto se sintió relajada, se olvidó del vestido -que soltó- y de las bragas que cayeron a sus pies. Le abrazó y le apretó con la mano el ostensible bulto que marcaba su erección.
Entonces sonó el aviso de la entrada.
Precipitadamente, acabó de sacarse las bragas, hizo un rebujo con ellas en su puño y se lo dio al joven diciéndole: “guardamelas en el bolsillo, luego me las das”.
A continuación se recompuso ligeramente la ropa mientras anunciaba que salía en un momento, le dijo al joven que no saliera hasta que se hubiese ido la persona que acababa de entrar, y salió a despachar sin bragas. Ni la clientela ni nadie sospechó lo que acababa de ocurrir en la rebotica.
En uno de los descansos, le dijo: mañana te toca a ti. Si no surge la ocasión, el día que libre nos vamos juntos a pasear y a seguir jugando.

El joven solo estuvo en Barcelona una semana más. Durante esa semana, la muchacha madrugaba aún más, para estar un rato con él en la galería. Mientras los demás dormían.


#2


Va bien


#3

No se si esta historia esta aqui por algo en particular, pero me ha gustado leerla. Me ha parecido entretenida


#4

Nada de particular. Su objetivo era ese: entretener.