El acompañante ocasional


#1

Se juntaban en un bar a la hora de la siesta. Eran cinco desconocidos al principio. Cada uno tenía una razón para acudir al mismo sitio, a la misma hora, todos los días.
El nexo de unión fue el dueño del bar.

A esa hora en que el bar estaba vacío; no prácticamente vacío, sino vacío – exceptuando el dueño, su esposa que permanecía recluida en la cocina y los otros cuatro que iban allí a tomar café y lo que se terciara después

– un buen día en que el dueño jugaba una partida de dados de póquer con un parroquiano, fue invitado otro de ellos. Otro día un cuarto y después el que faltaba.

Comenzó a ser una costumbre. No se conocían de nada más que de eso.
Es posible que durante los ratos que pasaban juntos, jugándose las consumiciones a los dados; se contaran cosas de sus vidas y acabasen sabiendo todos ellos cuales eran sus profesiones, su estado civil, su edad, con quien vivían y dónde trabajaban. Poco más.

Con el paso del tiempo, los olvidó. Llegó un momento que se desvanecieron sus caras de su memoria. Pero no se le ha olvidado nunca la experiencia que tuvo la ocasión de vivir con motivo de haber trabado amistad con aquellos clientes de aquel bar. Una amistad pasajera, pero amistad al fin y al cabo.

Un día, después de muchas partidas de póquer de dados, uno de ellos le dijo en un aparte, que si disponía de tiempo y le quería acompañar a otro barrio. A un nuevo barrio, por donde más crecía y se desarrollaba la ciudad, hasta el punto de ser casi otra ciudad nueva. Más moderna, mas activa, mas liberal y mas libertina.

Era un viaje de media hora en autobús, pero ellos eran jóvenes, no tenían prisa y hacía buen tiempo. Fueron caminando.

Un largo paseo a solas, dos hombres prácticamente desconocidos, es similar a un largo viaje en tren: se presta a las confidencias.

Caminaban por las calles a la hora en que las siestas van finalizando. A esa hora en que los comercios están abiertos pero aún no hay mucha afluencia de clientes. A esa hora en que los transeúntes caminan presurosos a sus quehaceres.


El más joven fue contando su vida al otro. El menos joven escuchaba.

El casi monólogo, porque hubo poco diálogo, comenzó así:

Sabes de mí que soy estudiante y que soy de fuera. Pero no que soy de (dijo el nombre de una provincia, pero no si era de la capital). Allí vive mi familia y yo he venido aquí para estudiar la carrera que estudio, porque la escuela tiene fama de ser una de las mejores.

Sabes también que estoy en primero y llevo viviendo aquí tres años.

El menos joven escuchaba e iba pensando ¿porqué me cuenta esto que yo no le he preguntado, ni me importa? Acaso en algún momento me he dejado decir algo en contra de los estudiantes que suspenden y hacen gastar inútilmente el dinero a sus padres. No recuerdo haber hecho ningún comentario al respecto en su presencia.

Continuaba el forastero:
Voy a ver a una amiga que está de paso y con la que estuve liado y quiere verme. Me ha mandado recado a través de su hermana que es con la que estoy ahora.
Las dos trabajan en lo mismo. La que tengo ahora me da todos los días mil duros para mi, para que lo gaste en lo que quiera.

Anteriormente, estuve con su hermana, pero cuando conocí a esta, me quedé con ella y dejé a su hermana, que se trasladó a otra ciudad.

Preguntó el acompañante ¿Y como las conociste?

El proxeneta – ya vamos a llamarle por su verdadera profesión – porque de estudiante ya tenía muy poco, siguió:
“Fui un día de putas, tenía dieciocho años. Cuando acabé, el dueño del local me invitó a una copa y me propuso un trabajo.”
“Me dijo que la fulana con la que había estado, le había aconsejado contratarme para el trabajo que me estaba proponiendo, porque había disfrutado mucho conmigo, debido a mi juventud y mi manera de tratarla.”

“Me dijo que hay cantidad de chicas que se escapan de casa con catorce, quince o dieciséis años y que muchas de ellas se presentaban allí para trabajar en “la profesión” pero que no todas valían”.

Mi trabajo consistiría en “probarlas”. La prueba que las ponía era pasar una sesión conmigo y según se comportasen, se podía saber si valían o no para “ejercer”.

“El trabajo no era remunerado, pero tampoco tendría que gastar dinero en follar, que lo considerase; porque iba a probar a muchas. Y así empezó todo”.

“Me pidió el teléfono y me dijo que esperase su llamada. Que él concertaría el encuentro con tiempo suficiente para yo acudir. Generalmente de un día para el siguiente”.

“La puta que me follé la primera vez, me propuso irme a vivir con ella. Que ella me pagaría bien a cambio de mi compañía, mi protección y mis cuidados, por supuesto también de tipo sexual; porque las putas no disfrutan en el trabajo, solo disfrutan en su casa con el tío que escogen”.

El acompañante alucinaba en colores con lo que estaba oyendo, pero se mantuvo imperturbable. No mostró demasiado interés en conocer el intríngulis del “negocio” ni hizo ningún gesto o aspaviento que desvelara su pensamiento.

Estaba impresionado, asombrado, sobrecogido; pero se mantuvo imperturbable por no parecer lo que en realidad era: un pacato, un mojigato.

Continuaba el proxeneta:
“En realidad, están mal de la cabeza, están histéricas perdidas y después de haber huido de la autoridad de sus padres, necesitan que las traten con autoridad. Y la autoridad la entienden como cuando te las follas. Cuanto mas dura tengas la polla y mas tiempo te dure así, eres mas hombre. Cuanto mas las domines, las doblegues y las utilices para desatar tu ímpetu sexual, mas a gusto se quedan. Las relaja”.

Aunque algunas veces, no es suficiente el sexo y te montan unas escenas de cuidado. Pero yo, que las conozco, cuando la mía me monta una, la digo: ¡¡venga vístete!! ¡Que nos vamos a dar un paseo por el campo!

Y cuando oye eso, se pone a temblar, porque sabe lo que la espera. Y dice que no. Que no la lleve al campo, que va a ser buena, que se va a portar bien y que no va a volver a ponerse histérica.

Pero yo no puedo dejarme convencer, no puedo consentir que se salga con la suya. Además que ella no lo quiere. Quiere que la domine. Es una auténtica masoquista. Yo creo que igual que teme lo que va a pasar, lo desea; porque debe correrse como una yegua cuando está llorando.

El acompañante, cada vez mas impresionado, se atrevió a preguntar:

¿Y que hacéis en el campo?

“Pues mira, la llevo al pinar; comienzo a caminar hacia el interior del bosque de pinos y, cuando considero que estamos bien lejos de campos y gentes, cuando me he asegurado que estamos en un lugar solitario, busco con la mirada en el suelo, una piedra rodada que me quepa en la mano. Cuando la veo, me agacho a cogerla y cuando ella lo ve, se echa a correr, gritando que no la pegue. ¡Por favor, no me pegues, que no lo voy a hacer más! ¡No me pegues! ¡No me pegues!”

“Yo, no me muevo de mi sitio. Al cabo de un rato, ella se para y me observa a ver si me ha convencido. La llamo. La digo: ven que si tengo que correr para cogerte, va a ser peor. Entonces se aproxima a mi. No sé si con la esperanza de haberme convencido, o con la resignación de aceptar el castigo.

“Cuando la tengo al lado, empiezo a darla puñetazos con la piedra dentro del puño, hasta que la dejo mas suave que una pluma y mas blanda que un flan.
“Ella no para de llorar mientras recibe la paliza y cuando me paro, me mira desde el suelo con los ojos empapados en lágrimas y me pregunta ¿Has acabado? Digo que no. Y sigo. Me vuelvo a detener y vuelve a preguntar. Así dos o tres veces, según me dé.
Cuando considero que ha recibido lo suficiente, paro de nuevo. Ella vuelve a preguntar ¿Has acabado? Si, respondo. Y ella: ¿me dejas chupar tu polla, que quiero beber tu leche?

“Me la saco y se la dejo para que disfrute. Me hace una mamada con el mayor cuidado y conoce tan bien lo que tiene entre manos y labios, que nota cuando voy a correrme, acelera para provocarme el orgasmo y se traga todo lo que sale. Se levanta, se seca las lágrimas, se recompone la ropa, se acerca a mi, me besa en la cara, se agarra de mi brazo y me pregunta ¿Me llevas a casa?

¿Y si te denuncia? (Se le ocurrió preguntar al acompañante)
“No. No tengo ese miedo. No se la ocurre. Teme las consecuencias.
Me la presentó su hermana. Su hermana la atrajo al negocio, me la dieron a probar, vi que valía y me la quedé para mi.

Llegaron al “bar de copas”. Le presentaron al dueño, a la “cuñada” que había venido a ver al “estudiante” y a otras mujeres que por allí había. Le invitaron a una copa, le dejaron solo en un extremo de la barra y se juntaron a hablar entre ellos en el fondo del local.
Estuvo observando. Todo eran buenos gestos, besos, abrazos, risas…
El acompañante permaneció en el extremo de la barra del bar, donde había unas máquinas pinball, jugando en una de ellas.

Cuando la entrevista terminó, se acerco “el estudiante” y le dijo:

Por mí, hemos terminado. ¿Te apetece hacer algo?

El acompañante respondió que no. Tenía un amargo sabor de boca. Una sensación poco agradable. Una cierta desazón.
Había estado pensando mientras estaba jugando con la máquina, si el jodido proxeneta no le habría llevado allí a modo de guardaespaldas por si los acontecimientos no se desarrollaban dentro de los cauces preestablecidos.

La pregunta capciosa era propicia para haber dicho que “¡bueno, ya que estamos, voy a subir a descargar la pluma!” Pero no. El acompañante sabía a ciencia cierta, certísima; que no estaba capacitado para tratar con una puta.

Quizás, si hubiera sido otro el acompañante, hubiera aprovechado la ocasión y casi seguro que no le hubiesen cobrado el “servicio” porque el susodicho “bar de copas” estaba cerrado al público hasta la hora de apertura que coincidía con el declinar de la tarde, hacia el crepúsculo. Y la entrevista se efectuó cuando aún había gente levantándose de la siesta.

Quizás el “estudiante” pretendía, enseñándole el camino y la manera de desenvolverse en el “ambiente”, que su acompañante rumiara lo conocido aquella tarde y tomara el camino que él había tomado tres años antes.

Dicen que hay gente que cuando caen en un agujero, piden una mano amiga que les agarre de su mano, no para que les ayude a salir, sino para arrastrarles con ellos adentro. Es su manera de hallar el consuelo.


#2

Este es de los buenos, si señor. :slight_smile:


#3

Relato estremecedor, sobre todo por la dureza de los presupuestos del “estudiante”.

Al acabar me dio por pensar en si habría cambiado la relación de ambos jugadores cuando se encontraran en el bar. ¿Hubiera querido el hombre no llegar a saber nunca qué tipo de vida tenía su contrincante?


Pollo agridulce con arroz tres delicias
#4

A no mucho tardar encontrarás la respuesta en un nuevo hilo de esta cuerda. La cuerda irá adquiriendo grosor hilo a hilo. Se va a ir confeccionando con hilos de diversas fibras, texturas y colores; de tal manera que vistos por separado tengan su propia fuerza; pero que adquieran su verdadero vigor cuando quien lo lea, sepa encontrar la relación entre ellos: la cuerda.


Pollo agridulce con arroz tres delicias
#5

La historia es buena, pero además está cojonudamente bien contada. Bravo.


#6

¡Gracias!


#7

La historia es muy buena, es la versión agro-putera del libro que me enseñó todo lo que debo saber por si algún día quiero ser un buen chulo putas.

Libro que os recomiendo:

Este libro, al igual que este relato, tiene muchas enseñanzas de la psique femenina, y te demuestra lo que detestan las mujeres a los pagafantas y a los tíos que van detrás de ellas. Como diría PIMP “que nunca te hagan un Georgia”, es decir, que nunca follen contigo si no es con el dinero por delante (ya entendéis la metáfora, gañanes).