El atajo o el exceso de confianza


#1

Tenía treinta años y un hijo de cinco años. Se había quedado viudo un año antes. Era transportista. En la época en que aún no había camiones. Era carretero.

Había nacido dieciséis años antes de la guerra de Cuba. Por poco no estuvo en la guerra, no tenía edad. Muchos años después, cuando su nieto le fue a ver, de nuevo viudo y viviendo en la casa de su hija en una gran ciudad; en uno de los ratos que pasaban juntos, estando sentados a la mesa de la terraza del bar que había debajo de la casa donde vivía, le presentó a otro parroquiano del que dijo “mira, este es mi amigo, él si que estuvo en la guerra de Cuba. Tiene dos años más que yo”.

Ella era pastora. Tenía diecinueve años cuando se casaron.

Le conoció vendimiando. En su pueblo no había viñedos. Era serrana. En los pueblos de la sierra, hay poca tierra de labor y se usaba para cultivar cereales. Los suficientes para hacer pan y pienso. Los pueblos serranos viven mayormente del ganado.
Para ganar algo de dinero con que comprarse algún “capricho” como unas botas (“yo solo tenía unas botas” – le dijo en cierta ocasión a su nieto – “y no me las ponía mas que para ir a misa, para que me durasen”) o un vestido; cuando cumplió los dieciocho pidió permiso a su padre para irse con sus hermanos a la vendimia.

El carretero la echó el ojo e hizo por conseguirla. No le debió ser difícil, pues para entonces él tenía casa en propiedad (la había adquirido a los veintitrés y le hubo costado cinco mil pesetas) bastante bien equipada - no le faltaban muebles de nogal, colchones de lana, cuadros en las paredes y lámparas en los techos, lo cual no era baladí – y una profesión o negocio con lo que se ganaba muy bien la vida.

Además que el viudo, aunque tenía un hijo – lo cual era un hándicap – era un hombre bien plantado, bien parecido y “de mundo”. Era un hombre muy apuesto: alto, fuerte, decidido, valiente y desenvuelto.
Ella era una ninfa auloníade. Menuda pero bien formada y proporcionada. Trigueña de larga y ondulada melena. Con los ojos azules como aguamarinas y la piel blanca ligeramente tostada por el sol en las manos y en la cara. Labios gruesos, dientes de perla, manos finas con uñas largas, pies pequeños, voz suave y olor muy tenue y muy agradable, que recordaba al olor del aire justo después de una tormenta.

Se enamoró del viudo. Se casaron. Faltaban dos años – ellos no lo sabían, claro está -. Ni ellos ni nadie podían adivinar que dos años más tarde:

estallaría una nueva guerra.

Al año siguiente, nació su primer hijo. Y tres años mas tarde su hija. Al carretero no le faltaba trabajo. Ganaba dinero suficiente para vivir y ahorrar. La neutralidad de España durante la guerra europea, favoreció el comercio, el transporte y la economía, hasta en los lugares más recónditos del suelo patrio. Solo había que salir del remanso e introducirse en la vorágine de tratos, encargos, negocios; dejándose llevar por la corriente.

Pasó la guerra. También se libraron de la pandemia de gripe:

y de:

Pero la vida, la fortuna y la suerte, siempre están amenazadas. Penden del hilo que las Moiras han hilado, enrollado y asignado una longitud. Cuando se acaba el hilo, se acaba todo.
Se corta una vida, se acaba la suerte, la Cornucopia se seca.

El hijo mayor del carretero, contaba trece años cuando lo del Desastre de Annual.
La reata de mulas


con el carro de varas

en ocasiones necesitaba la ayuda de un caballo para superar algunas cuestas pronunciadas cuando el carretero transportaba excesivo peso.

Para esas ocasiones, contaba con su hijo que ya era un consumado jinete y sabía desempeñar el oficio como su padre.

Mandaba el aviso o le dejaba avisado para tal día a tal hora en tal lugar de la carretera.
Llevas el caballo con los arreos, para ayudarme a subir la cuesta. Y así lo venían haciendo.

Era un domingo por la tarde. Día de jugarse las perras al tango o chita entre los jóvenes.

Irse a chitos fue su equivocación. Sabía que tenía que acudir en ayuda de su padre, pero el exceso de confianza le perdió. Pensó que no era necesario salir demasiado pronto, porque en caso necesario, podría acortar camino por un atajo. Craso error.
Salió tarde. Nunca llegó.
Su padre le esperó en vano. Y como no llegaba, decidió dar un rodeo que le ocupó dos días.
La madre, que no madrastra, pasó los dos días en la creencia de que el hijo y el padre andaban juntos cargando o descargando o haciendo un nuevo porte.

El padre suponiendo que su hijo se había olvidado del encargo – cosa rara, pero no imposible - o se había puesto enfermo o había tenido un percance o quizás el caballo no estuviera en condiciones, se devanaba la cabeza.

Ya me enteraré cuando llegue a casa, se decía.

Cuando llegó a casa, la mujer le dijo ¿y tu hijo?
¿Cómo que mi hijo? ¿Pero no está aquí?

No. Que se fue a buscarte con el caballo. Mira la cuadra, el caballo tampoco está.

¡¡Me cago en… (todo lo mas sagrado, todo lo más alto, todo lo más limpio)!! Algo malo ha pasado, porque es raro que el caballo no haya vuelto, que se sabe el camino. ¡¡Me lo han matado!! ¡¡Me han matado al caballo y al hijo!! ¡¡Los muy hijos de una gran puta!!
Y la mujer dando gritos, tirándose de los pelos, llorando histérica, fuera de sí, va donde la vecina y la dice entre jadeos y sollozos que vaya a buscar al alguacil, que ha debido ocurrir una desgracia.

Llega el alguacil, le ponen en antecedentes, se alerta a todo el pueblo, se indaga y se decide buscarle por caminos y veredas. Pero no aparece.
En el pueblo hay dos pescadores que tienen barca. Les pide el Alcalde que rastreen el rio a ver si encuentran algo.

El jueves apareció. O mejor, aparecieron. El caballo y el hijo enredado en sus arreos, y estos en las raíces de los árboles ribereños:


Nunca se recuperaron de la pérdida.
El hijo tenía catorce años y el padre cuarenta. El hermano del muerto ocho y la hermanita cinco.
Y aún les faltaba mucho que soportar.