El club de la pelea


#1

Motivado por el rechazo y la repulsión a cierto personaje batracio, anuro y amante de su suegro. Y también por lo mencionado en varios hilos sobre el bullyng, la corrección de los chavales a hostias o aprendizaje desde el dolor; abro este hilo para que recordemos nuestras primeras peleas, la más épica, inolvidable, esa que nos ha marcado.
Como buenos caballeros, bilingües, millonarios, empotradores y fachas, sólo contaremos nuestras victorias, asi que los animo a que las compartan.
Principios de los ochenta, era un chavalito de unos tiernos tres años. Al no contar con la tecnología de los niños de esta época, apelabamos a la imaginación y a recursos simples como maderas, palos o piedras para divertirnos.
Recuerdo que estabamos enloquecidos y fanatizados con la serie “La Masa”, el increible Hulk; y pasabamos las tardes jugando y personificando al dr. Banner cuando se encolerizaba.


Una de esas tardes donde evadiamos la siesta y nos escapabamos a jugar en el patio, estaba de visita uno de mis primos, al que cariñosamente llamabamos el gordo (a los tres años pesaba 40 kilos). Empezamos a jugar a la pelota, y el pobre a los quince minutos ya no se podía mover; entonces le digo:
-juguemos a que soy la masa, y tú el que lo persigue.
El gordito no estaba contento con su papel, entonces comenzo a gritar:
-¡que yo soy la masa!
Desencadeno una gran discusión, que yo soy la masa, que no, que si,que tu, que yo; hasta que mi primo se quedo con la última palabra y con el rol de Hulk.
Una vez que comenzamos a jugar, y sin ninguna otra motivación más que desenmascararlo, cogí un palo y le propine, con todas las fuerzas que tenía, un golpe en su abultada panza. El grito y el llanto de mi primo despertó a todo el vecindario, y mientras se revolcaba por el piso, me acerco y le digo:
-pues me parece que tú no eres La Masa.
Para finalizar, aclaro que yo tampoco era Hulk, porque las nalgadas que me dio mi madre me dolieron tanto que no pude sentarme por varios días.


#2

Un Dirk de unos 12 años, con el bigotito incipiente en su primera boda. Mi madre que me viste como un figurín y me pone una corbata de las del nudo hecho y que se atan con una goma elástica por el cuello de la camisa.

Yo jugando con una prima mía de un año más de edad. Nos distraíamos corriendo de arriba a abajo. Que si el escondite. Que si al pilla pilla… Que si me tiro encima de ti. Que si me rozo con tu pierna cual pekinés cachondo… De repente aparece un chaval de la nada y al que no conocíamos y que resultó ser de la otra familia.

El chaval tenía la edad de mi prima y recuerdo que me sacaba dos palmos de ancho de espalda y uno de altura. Pregunta si puede jugar. Yo no lo tengo muy claro pero mi prima sonriente dice que claro.

Jugamos, quedo como un lamentable perdiendo en todo y viendo como es él el que se frota rítmicamente con mi prima con cualquier excusa…

Empieza el papeo. Yo mosqueado. Comemos a tope y durante el bailoteo posterior y aprovechando la distracción de los mayores que debían estar bailando la conga o Paquito el chocolatero, voy por detrás al chaval y pensando que su corbata era como la mía, le pego un estirón mientras echo a correr.

Su corbata era de las de “verdad” y resulta que le estrangulo. Me persigue hasta fuera del salón a una zona común con otra boda (si, boda de pobre), me atrapa delante de los baños y, con la cara morada y la vena del cuello como un cantaor me empieza a dar collejas y hostias a mano abierta.

Mi prima que lo ve y me viene a defender. Le cuento que el tío se ha vuelto loco y que claro me he tenido que defender estirándole la corbata. Ella que me cree. Él que se va sollozando a las faldas de su mami y yo a las de mi prima a seguir jugando.:feliz:


#3

Tras una vida escolar de internado en internado, estuve en alguno que costaba lo que un salario bueno de la época recaigo en un instituto local de una localidad del norte de España donde predominaba una fauna llamémosla aberchale hijadeputa. Pues resulta que de buenas a primeras a un tontolaba local la gloriosa policia española de una buena hostia en plan padre para hacerle ver que iba por mal camino le desfiguró la cara y le dejó bobo del todo, mitad bobo ya lo era de nacimiento. Alboroto total entre los machos aberchales y uno de ellos tiene a bien entrar en mi clase donde daban la única asognatura que me interesaba interrumpiendo y proclamando que van a hacer una huelga y… No dijo más, me levante de mi silla de mala hostia cagandome en el tontolaba de su puta madre y en la del feluz correveidile gudari y antes de que le pillara del cuello salió con las de villadiego.
Luego sí, a mis espaldas todo murmullos y valientes norteños con narices grandes y cuerpos desgarbados profiriendo amenazas pero de uno en uno todos unas putas ratas cobardes. El problema que hubo en verdad os digo es no haberles hecho frente como se merecían.
No puedes hacer como ellos porque serás como ellos. Una mierda.


#4

Cuando tenía como 12 años aproximadamente, y estando en la escuela secundaria en mi país, normalmente despertaba el interés de ver quien era el más macho y la única manera de determinarlo era rompiéndole la cara a alguien más del instituto dentro del instituto. Cabe aclarar que yo siempre fui de esos chicos que no destacaban demasiado en ningún ámbito pero precisamente por eso era blanco de que me rompieran la cara.
Un día se me acercó un chico con el cual ya había cursado años anteriores e incluso estando en su propia casa en alguna ocasión y se me acerca para empujarme al baño y ahí comenzar la pelea. Sus otros amigos se quedan afuera del baño y cuidan que nadie venga a interrumpirnos; el chico en ese entonces era un poco gordo y yo era un palo andante para variar.
Comenzamos a intentar golpearnos (en ese entonces no sabíamos golpearnos a puño cerrado así que lo hicimos como pudimos) hasta que terminé agarrandolo del cuello y estrellándonos en las paredes del mismo baño.
No puedo decir que fué una victoria para mí dado que se nos olvidó que la sala del director esta justo al lado de los baños de hombres, así que el llego a terminar la pelea. Nadie más intentó golpearme en lo que quedó de mi estancia en la secundaria porque todos se enteraron después y para mi sorpresa gané un poco de prestigio por haber hecho enojar al director, y claro la regañada de mis padres después de enterarse sobre lo que pasó no pude evitarla, pero creo que es una victoria para mi.


#5

Jajajaja, mientras leía lo pensaba.


#6

El pueblerino.

Llegó a un barrio periférico de la capital el mismo día que cumplía ocho años.

Acababa de salir de la infancia y seguía siendo muy inocente. Era un niño bastante mimado. Era un niño sobre protegido. Era un niño especial. ¿Porque lo era?

Él no lo sabía. Como no sabía cómo trataban a los demás niños sus familias, pensaba que la relación con sus padres y abuelos era la habitual.

Siempre le extrañó que a él le advirtieran de continuo que no hiciese actividades concretas que los demás niños de la escuela podían hacer ocasionalmente.

Nunca entendió porqué le advertían de que no debía ir “a los buitres”.

Ir a ello, consistía en ir a apalear a los buitres que habían acudido al cerro donde se depositaban los cadáveres de los animales muertos. Era una especie de muladar. Cuando moría un animal se sabía en el pueblo.

Corría la voz como la pólvora y los chicos se juntaban al salir de la escuela al mediodía, para ir al cerro, donde al parecer, (él nunca fue porque era un niño obediente y hacía lo que le mandaban) después de una mañana de comida, los buitres habían dejado en los huesos el cadáver, tenían las tripas llenas y mucha dificultad para remontar el vuelo. Era el momento que los chicos aprovechaban para apalear a esas aves carroñeras. Tampoco llegó nunca a saber si algún buitre fue herido de tal gravedad que hubiere acabado muerto en el sitio. Ni siquiera si lo habían herido y a causa de las heridas hubiera fallecido y lo hubiera encontrado alguien por los campos o montes del entorno. Nunca fue, nunca se interesó por esa actividad.

Él pensaba que sus padres y abuelos se lo tenían prohibido por ser muy pequeño y que ya llegaría el día en que no le dijeran nada, haciéndose los olvidadizos o despistados para que él se pudiera introducir en esas actividades de los chicos mas mayores.

No entendía tampoco por qué, cuando iba a la orilla del rio, al arenal a “hacer pozas”, su abuela le repetía machaconamente que no se metiera en los remansos. Que no se ve el fondo, que hay pozos y manantiales de agua fría que te pueden entumecer o sumideros por donde se escapa el agua arrastrando en un torbellino lo que se encuentra dentro de su radio de acción. Que fuese siempre por las chorreras, donde se ve el fondo por haber poca profundidad y se ve correr el agua y no se estanca.

Sin embargo, en todas las actividades que realizaban los niños de su edad, él participaba. En aquellos años, había muchos niños de la misma edad; los que pasando el tiempo serían “quintos”. Las “quintas” eran relativamente numerosas por entonces.

Con ellos jugaba a juegos como el hinca-palo, la trompa, el aro, la toba, o el esconde. A saltar por encima de la espalda de varios y ponerse agachado el último de la fila para que siguiera la ronda. A las charpas, los alfileres, los tangos, las bolas…y, en general a todos los juegos conocidos en su ámbito. Lo cual quiere decir que estaba suficientemente “socializado”. Tenía una cuadrilla de amigos de su misma edad con los que congeniaba.

La llegada a la ciudad, le causó estrés. Él entonces no sabía ni lo que eso era (o es). Pero sabía que sufría.

En la primera escuela a la que fue, no había maestro paternal. Había dos profesoras que no se casaban ni con su padre. (De hecho, eran solteras y solteras debieron morir). Tubo la poca picardía él de ser sincero como siempre había sido. Y cuando una de aquellas brujas le preguntó si sabía dividir dijo que si, como así era. Y ella añadió ¿por cuantos números? El inocente reflexionó para sus adentros y dedujo que si sabía, sabía; y que por tanto ¿que más daban los números? Y respondió ¡por todos!

¡Ah! - Dijo la señorita Rotenmeyer - ¿Con que por todos eh? Pues toma haz esta. Y le puso una división de dos mil números en el dividendo y seiscientos en el divisor. (Es una exageración) Ese día aprendió la primera lección de la nueva vida. Más competitiva, más exigente. Nada bucólica, maternal ni condescendiente. ¡¡A luchar!! Y a sufrir.

Fue un trimestre muy duro para lo que estaba acostumbrado. Pero no fue nada comparado con lo que le esperaba.

La influencia de una madre.

Al siguiente trimestre le cambiaron de escuela, porque sus padres cambiaron de domicilio. El barrio donde se instalaron era un pequeño y nuevo barrio sin escuela, en la periferia de otro barrio más antiguo que si la tenía. Y allí le llevaron.

Esa escuela fue mas terrible para el inocente. Y lo fue por los compañeros, no por el maestro.

En aquella escuela – pública, como la de su pueblo – había maestro y maestra. Había escuela de niñas y de niños - como en su pueblo – y todos los niños desde que comenzaban a ir a la escuela a la edad de cinco años (entonces no había guarderías) hasta que terminaban a la edad de catorce; estaban a cargo del mismo maestro que los dividía en tres grupos denominados pequeños, medianos y mayores.

El único niño de su barrio y de su edad era él. Los demás eran más pequeños. Eran pocos. Unos cinco o seis entre treinta o cuarenta.

Le pusieron por edad en el grupo de los medianos. No sabía por qué, pero le hicieron el blanco de la inquina que producía a los antiguos el rechazo a los nuevos.

Y es que él, era obediente por naturaleza y por educación. Le habían enseñado a hacer lo que se debe y rechazar lo que no se debe hacer. Iba a la escuela a aprender y para ello estudiaba, hacía lo que le mandaban y se concentraba en su tarea, en su labor.

Por ello y para ello, para aislarse del barullo de la escuela, del aula, de la sala común, del murmullo de los demás escolares; apretaba los dientes y los labios y se centraba en memorizar la lección, en poner el mejor empeño en realizar la caligrafía, o los dibujos o las cuentas. Los demás le pusieron un mote. Como a todos.

Entre escolares, no era habitual llamarse por el nombre y menos por el apellido, como hacía el maestro: Eduardo Gómez o Sr. Gómez o Eduardo a secas.

Para distinguirse la “clase de tropa” del oficial al mando, que era el maestro, se ponían apodos que aproximadamente definiese el carácter o personalidad percibida por la comunidad de alumnos.

Por su tendencia a apretar los labios para concentrarse, al hasta hacía poco pueblerino, entonces reciente ciudadano de uno de los barrios de la ciudad (aunque no por ello barrio-bajero) le pusieron de mote “morros de choto”.

El apodo es una forma de marcar al individuo el pie de que cojea y, si es algo inteligente, le sirve de pauta correctora de alguno de sus supuestos defectos. El inocente pueblerino, hacía lo que podía por no apretar sus labios y sonreír de vez en cuando. Aunque le salía más una mueca que una franca sonrisa.

Le empezaron a putear (lo que se dice ahora bulling). Le intimidaban mandando a uno de los mas mayores a someterle al tercer grado, a recabar información de los “bienes” de que ocasional o habitualmente disponía. Con preguntas directas tales como

¿oye, morros de choto, tu tienes cuentos del Jabato?

-Si.

-Pues mañana me traes uno si quieres vivir tranquilo.

  • Y el inocente lo llevaba.

Otro día era un lapicero, o una goma, unos caramelos, el bocadillo y así.

La cosa era dejar claro quienes mandaban (los de siempre, los del barrio antiguo. No los nuevos)

Y así estaban las cosas. El bien mandado, el obediente, el bueno, el pueblerino, seguía siendo inocente. Le habían enseñado muy bien lo que está bien y lo que está mal. A distinguir entre lo bueno y lo malo. Él no había ido a aquella escuela a desplazar a nadie, ni a disputarle su poder o su influencia y aquella situación le hacia sufrir.

Nunca dijo nada a sus padres ni se quejó por las intimidaciones. Capeaba el temporal de la mejor manera posible: daba largas, alegaba olvido, retrasaba lo que podía el cumplimiento de las exigencias, de vez en cuando se avenía…

Hasta que un día, su madre, tuvo la ¿feliz? ocurrencia de presentarse en la escuela a saludar al maestro, ofrecerle sus respetos y darse a conocer. Y para más inri, le regaló con un obsequio. Le ofreció una simple botella de coñac. El niño, que observaba – como todos los demás - a su madre, hablando con el maestro a la puerta de la escuela, se fijó que el maestro aceptaba el regalo, lo guardaba discretamente en el pecho, tapado por la americana que vestía; que su madre se despidió del maestro, dándole la mano, que el maestro besó; y luego su madre, saludó a su hijo con la palma de la mano abierta balanceándola levemente de un lado al otro. Y se fue.

Al día siguiente, el maestro pasó al niño de ya nueve años al grupo de los mayores y le puso el segundo de la clase. El primero, resultó ser si no el mejor compañero que nunca tuvo, si uno de los mejores.

Era listo e inteligente. Se aprendía la lección a diario. Y el pueblerino tenía que estar a su altura. Eran los dos únicos que daban aquellas lecciones.

Algunas eran difíciles por lo extensas. Y entonces se pusieron de acuerdo para aprenderlas de memoria por puntos, preguntas o párrafos alternos. Uno los pares y otro los impares.

El maestro les facilitaba la tarea, preguntando siempre la primera al primero; por lo que ellos se las aprendían así. El primero las impares y el pueblerino las pares.

Cuando las lecciones eran cortas, las aprendían enteras los dos.

Ésto creó una situación mas tensa entre la chavalería.

El radical abandono de la niñez o expeditivo tránsito a la adolescencia.

Por el nuevo barrio, las relaciones entre chicos y chicas eran afables y despreocupadas. Seguían jugando a los mismos juegos que se jugaban en el pueblo, aunque en la ciudad se llamaban de otra manera. La trompa era el trompico, la peonza o el trompo, según de que parte de la provincia vinieran los chicos. Igual pasaba con el hincapalo que allí se llamaba el guincho. Había otros nuevos como la tala. Y no había otros como los tangos o el frontón.

A según que juegos jugaban con las chicas: la comba, la tanga, las bolas…

Un día, el pueblerino estaba jugando a las canicas con otro niño del barrio. En el nuevo barrio no había grupos de presión ni lobbies. Cada uno iba por su cuenta. Libertad total no exenta de pequeñas diferencias de criterio.

En uno de los lances, surgió una discusión entre los dos por si una canica había salido o no del corro. Uno opinaba que si y otro que no.

Jugaban en la acera entre dos zonas ajardinadas, cercadas por tres tiras de alambre clavadas a estacas a unos diez, veinte y treinta cms del suelo.

El pueblerino estaba de espaldas a los alambres. El pueblerino tenía una altura considerable y el adversario era casi un enano. La cosa es que el enano empujó al pueblerino y éste, al echar el paso atrás, topó con los alambres y se pegó una costalada. Se puso a llorar mas de rabia por lo que el consideraba una trampa que por el daño que se hizo.

Y se fue llorando desconsolado a casa a contar la “injusticia” de que había sido objeto, a su madre.

Subió las escaleras llorando, llamó al timbre. Le abrieron la puerta y dio un paso al frente con intención de entrar. Iba a contar a su padre, que le había abierto, lo que le había pasado; cuando su padre le dio una hostia de las que podrían hacer época. Un bofetón de los de cara vuelta. A la vez que le decía “Estaba en el balcón y ya lo he visto. ¿Y te dejas pegar de ese mierda?” Y le cerró la puerta , dejándolo fuera.

Se marchó a la calle y estuvo llorando con un berrinche de antología durante más de hora y media.

Cuando subió de nuevo a casa ya no era niño. La infancia se había esfumado. Su padre había cogido el relevo de su educación, apartándolo de su madre.

La pelea.

Por la escuela, las cosas no seguían igual. Seguían peor. A la extorsión e intimidación, se habían unido el resentimiento y los celos.

El cuarto de la clase, (que se ponía detrás del segundo) le tenía ganas a éste, al pueblerino.

Y eran unas ganas privativas, personalizadas y exclusivas.

Pocos días después de haber quedado en ridículo ante el enano y su propio padre, el maestro se ausentó de la escuela durante un rato. En esas ocasiones, dejaba “al cuidado” de la escuela al jefe de los chavales, que era el primero de la clase.

El “procedimiento” era que el “cuidador” debía apuntar en la pizarra al que se portara mal. El cuidador apuntaba nombres de modo preventivo y cuando volvía el maestro, borraba la pizarra y allí paz y después gloria.

Ese día, espoleado por la rabia acumulada y amparado por el grupo de los “veteranos”; el cuarto de la clase cogió la enciclopedia, se puso de pie en su sitio y le dio un golpe con ella en la cabeza al que tenía sentado delante.

Pero éste ya había dejado la infancia. Su padre había provocado una metamorfosis con un repentino e inesperado gesto de su mano derecha.

El pueblerino, el hasta entonces niño, el extorsionado, el vilipendiado, el acojonado; se levantó de golpe y se volvió contra el agresor. Algo notaría él, que echó a correr a todo lo que le permitían sus piernas dando vueltas a la fila del medio de la escuela.

La que se armó aquel día fue de categoría. El agredido corría (y mira que con sus largas piernas corría de lo lindo) detrás del agresor y no le alcanzaba por poco. Se dio cuenta que el otro tenía miedo. A la tercera vuelta, llegando a la altura de la mesa del maestro, el perseguidor apoyó las manos en las dos últimas mesas de las filas, balanceó las piernas, y trabó las del que corría delante, haciéndole caer de bruces debajo de la mesa del maestro.

Se levantaba, cuando llegó el maestro y… aquí no ha pasado nada.

Tocaba matemáticas aquel día. Salieron los grupos cada uno a su pizarra.

En el de los mayores una raíz cuadrada con números suficientes para que cada uno hiciese uno.

Ese día, el campesino tuvo que hacer todos. Todos en contra de él. Había llegado el día del clímax. El día en que se iba a descargar la ira, la rabia, la tensión acumulada. El día de la catarsis.

¡Tu vas a hacer mi número, morros de choto! ¡Y el mio! ¡Y el mio!

¡No sabes la que te espera! ¡Hoy te vas a casa calentito!

Y el campesino sintió por primera vez miedo. Ese miedo que te seca la boca y te dilata las arterias, las pupilas y las muñecas. El miedo que te acelera los pulsos. El verdadero miedo. No tanto como el que eriza los cabellos o te paraliza los miembros, porque eres consciente de que si das muestras de flaqueza estás ya derrotado. Eso es entrar en pánico.

El campesino era más inteligente que los que le rodeaban y se lo probó a sí mismo. Tuvo inteligencia suficiente para no permitir que el miedo que sentía se hiciese notorio.

Hacía la raíz cuadrada número a número hasta que la terminó dentro del semicírculo formado por todos los demás “mayores”.

Mantuvo la sangre fría. Su cerebro consciente andaba con los números en la pizarra. Su cerebro inconsciente estaba trayendo a la memoria otras peleas que había presenciado entre los chicos del barrio “viejo” disputándose la hegemonía, el liderazgo.

Repasaba el rito, el protocolo, el procedimiento. Desde su inicio hasta el desenlace. Y sentía miedo porque iba a ser su primera pelea. Y no era dar un cachete o un pellizco a su hermana. Era una cosa muy seria. Podía salir con heridas en la cara, o con un brazo roto a consecuencia de una caída. Como ya había visto.

Pero también tenía un consuelo, una esperanza. Estaba previendo una puerta de salida, una vía de escape para el caso de hacerse necesaria.

Confiaba en que si la pelea se prolongaba, sucediese como en otras ocasiones había visto.

Y era que la escuela, estaba en unas dependencias que con el tiempo se transformaron en salas de exposiciones, reuniones y conferencias; pero que por entonces estaban ocupadas por un cuartel de la Guardia Civil. Y había visto siempre, que cuando había revuelo y los chicos no se dispersaban al salir de la escuela, siempre, siempre, se acercaba un guardia y espantaba a la congregación.

El campesino no se encomendó a Dios, ni a los santos, ni al Ángel de la Guarda, ni a la Virgen. Se encomendó a la Guardia Civil. Hizo una especie de conjuro y los invocó. Les emplazó a acudir antes de que la pelea comenzara. Esa era su esperanza.

Debió haber interferencias y no acudieron a tiempo de impedirla.

En el césped del otro lado de la plaza, contiguo a la muralla; se celebraban estos acontecimientos. Allí estaban las dos escuelas. La de chicos y la de chicas. En círculos concéntricos. Los mas grandes mas cerca del centro. Luego los medianos y pequeños y luego las chicas en igual orden. El espectáculo estaba garantizado.

“Ahí está el oponente. ¿Cuantas veces se habrá pegado? ¿Cómo me defenderé? Yo no quiero pegarle. ¡Ni tampoco se!

Alza los brazos. Cierra los puños y los pone delante de su pecho. Haré lo mismo para dar la impresión de que se tanto como él. ¡A lo mejor él tampoco tiene ni puta idea! Pero ¡Cuidado, que viene, que se abalanza, que me ataca!

Voy a esquivar. Esquivo uno. Esquivo el otro golpe. Imitaré sus movimientos. Alzo el brazo derecho por encima de mi cabeza con el puño cerrado y me acerco a él con gesto amenazador y ademán decidido. ¡Retrocede! ¡¡Tropieza!! ¡¡¡Ésta es la mía!!!”

Ahora si. Se abalanza sobre el adversario y le tapa todo el cuerpo con su cuerpo. No sabe donde lo ha oído o donde lo ha visto o imaginado o especulado en alguna charla bravucona entre amiguetes. Pero tiene entendido que la forma de inmovilizarlo es abrirle los brazos en cruz y poner sus piernas sobre los brazos del tendido en el suelo. Lo hace.

El adversario forcejea, quiere zafarse. No puede. Patalea y culea intentando quitarle de encima. Pero no puede. No puede hacer nada.

¡Está vencido!

Y el aldeano, el que está ya dispuesto a no dejarse pegar; porque ya no es un niño; se conforma con eso.

Está pensando: “ved cómo sé defenderme” “daos cuenta de que soy pacífico, no quiero peleas ni broncas, pero si me obligáis os demostraré que puedo defenderme”.

Y se queda quieto, esperando que venga un Guardia Civil y les mande a todos a comer. Pero no llega.

Y entonces el público se impacienta. Ruge la marabunta. No se ha producido la catarsis. No se ha descargado la tensión. La masa se inflama. Grita uno ¡dale! Y luego otro, y otro, y todos y todas: ¡dale!¡dale!¡dale!

Y el campesino que no quiere. Quiere que venga la Guardia Civil y les mande a todos a comer. Pero no llega.

Y ahora grita uno y luego otro y otro y muchos y todos ¡¡dale!! ¡¡dale tu o si no te damos todos a ti!!

La masa puede. Ya no puede contra todos. La masa le ha vencido.

“Tengo que pegarle. Haré ver que le pego. No. No puedo fingir eso. Pero lo que si puedo hacer es darle en la cara con las palmas de las manos, sin cerrar los puños. Ponerle la cara colorada, pase; pero romperle la cara con los nudillos no soy capaz.”

Y comienza a darle cachetes. Y la marabunta ruge contando ¡una! ¡dos! ¡tres!… Así hasta cincuenta cachetes para el que los da. Bofetadas o cachetazos para el que los está recibiendo.

El vencido llora. El vencedor, que le tiene bien cerca y lo ve, se detiene. Y la marabunta : ¡¡sigue!! ¡¡sigue!! ¡¡sigue!! ¡¡ o te damos todos a ti!!

y el vencedor sigue pegando cachetes o bofetadas, pero siempre con las manos abiertas.

Y siguen contando: sesenta y siete, 68,69,70, 71, 72, setenta y tres…

El campesino se detiene de nuevo y tantea a la masa. Escucha. ¡A ver si se han quedado satisfechos!

Silencio sepulcral. Sabe que la pelea ha terminado. Se levanta.

Unos se acercan al vencido a consolarlo. Pocos al vencedor a darle palmaditas en la espalda tímidamente, como a escondidas.

Se reponen los mas duros, charlan entre ellos. Algo traman. Se acercan al ganador y le siguen coaccionando: Ahora te tienes que pegar con dos. Con “el chincheta” y con “el cristales”.

Y el pueblerino, encubriendo el miedo, no se arredra y dice que bueno, que vale, que está dispuesto (que no se acojona, vamos). Se hace el corro de nuevo.

Frente al aldeano, el campesino, el pueblerino; dos barrio “viejeros” (que no barrio bajeros). Misma situación. Los contendientes se observan, calibran, calculan, valoran. Es evidente que los tres tienen miedo. Pero estos dos son también más pequeños que el campesino. El campesino se apresta a defenderse.

Y ¡¡¡por fin!!! Viene el tan esperado Guardia Civil. Dos palmadas, cuatro voces y todos a correr a casa.

Al día siguiente en la escuela, el campesino ya no era “el morros de choto”. Todos se sabían su nombre. Todos le llamaban por su nombre de pila. Los que antes le extorsionaban, desde entonces, compartían con él lo que tenían. Otros se lo ofrecían. Todos procuraban estar cerca de él y ser sus amigos. Se había ganado el respeto. Había superado la prueba del paso a la plena integración del nuevo barrio. Había demostrado que era tan ¿digno? de pertenecer al grupo, como cualquier otro. Y con él, los de su nuevo barrio, que ya dejó de ser un apéndice del viejo y fue aceptado sin mas recelos.

Esto le trajo consecuencias. Como en el oeste con Billy el Niño, que todos querían medirse con él. En su barrio pasó lo mismo. Durante los cuatro años siguientes tuvo que disputar peleas con muchos contrincantes. A todos les ganaba, incluso si peleaban dos contra él. Cada vez se desenvolvía mejor porque la práctica hace los maestros.

El exceso de confianza en uno mismo.

Un día llegó en que conoció la derrota. Habían ido a bañarse al rio. Allí había aprendido a nadar por su cuenta a favor de la corriente. Usaban como trampolín un viejo sauce llorón que crecía inclinado por culpa de la erosión de la orilla durante las crecidas.

Era el lecho de guijarros como puños. Llegó con un grupo, un poco mas tarde que otros. Cuando iba a meterse en el agua, uno de los que ya estaban dentro, le planto cara amenazándole con clara intención de salpicarle con el agua.

Le advirtió que no lo hiciese, que habría pelea. Pero como era lo que el otro buscaba, lo hizo.

Se tiró a por él. Estaba de pie sobre los guijarros y, al tomar impulso, apoyó todo el peso de su cuerpo sobre un guijarro que estaba encajado justo en el arco de su pie. Sintió un gran dolor, flexionó la rodilla y cayó al agua con la cabeza sumergida. Momento que aprovechó el retador para agarrarle del cuello y hacerle una ahogadilla que no tenía nada de broma, pues no hay nada más peligroso que un hombre con miedo.

Con el pie dolorido, sin poder respirar, sujeto por el cuello; forcejeó lo poco que pudo y se rindió. La forma de hacerlo patente, fue fingir que ya se había desvanecido y relajarse como si fuese verdad.

El que le tenía sujeto, soltó la presa y el campesino se levanto.

Pero ya no tenía ganas de pelear. No estaba en perfectas condiciones físicas ni el terreno le era favorable.

Aquel día descubrió que su punto débil no estaba en el tendón calcáneo (tendón de Aquiles) sino en el ligamento plantar largo y su unión al hueso cuboide.

Aquel percance le hizo meditar.

Lo primero que tuvo en cuenta fue que su derrota había sido contemplada por su nuevo buen amigo, que era de otro barrio y habían coincidido en el Instituto. Los de su barrio, también habían ido a bañarse al mismo sitio.

Le fastidiaba la derrota porque no podía excusarse en que no le había vencido el oponente, sino la fatalidad de lesionarse con el guijarro. Pero se lo guardó para sí, porque -pensaba él - “van a pensar que son pretextos. Así que es mejor no decir nada y dar por buena la victoria del otro.”

Lo segundo, pero más importante, fue que se dijo a sí mismo: “he estado en un tris de morir ahogado como el hermano de mi padre, que no llegó a ser mi tío, por haberse ahogado con catorce, cuando mi padre tenía ocho años.” “Mantener el orgullo y la ufanía, no valen lo que una vida” “No volveré a pelear”

Y así lo hizo.


EGC: El Gran Chat de Tabloide 2
#7

Excellent