El ganador del concurso o la seguridad en uno mismo


#1

El aprendiz de delineante andaba por los dieciséis años.
Fue un año glorioso para él. Había ganado el concurso anual de dibujo técnico en su circunscripción y le enviaron a competir con los de otras circunscripciones. Era el siguiente nivel y se realizó aquel año en una Universidad Laboral.
Una semana con viajes y manutención gratis en una ciudad a la orilla de un gran río y llena de chicas y mujeres jóvenes muy guapas.

Se había presentado al concurso otro joven mas mayor -quizás dieciocho o diecinueve- que ya no era estudiante. Trabajaba en “La Standar” una gran empresa de la capital del reino. Por supuesto era el ganador de su circunscripción.
El material técnico que llevaba era impresionante: gran caja de compases y bigoteras, “rotrings” de diversas medidas, gran número de lapiceros con casi toda la gama de durezas de grafito, escalímetros, reglas y cartabones de primera calidad, plantillas de letras, de óvalos, de elipses, de exágonos…



Tan impresionante era el material que había facilitado la empresa a su representante, que el “profesor” de dibujo quedó deslumbrado por el instrumental.
Los dos primeros días no se separó del candidato poseedor de tan variados y novedosos instrumentos de dibujo. Le observaba dibujar con tanta atención, que daba la impresión de que su verdadero interés consistía en aprender como funcionaban y se utilizaban los instrumentos, al parecer, desconocidos para él hasta entonces. De vez en cuando observaba al delineante que tenía a su derecha, mas de tarde en tarde al de su izquierda, esporádicamente a los otros que tenía a su alrededor.

El del año glorioso, el protagonista de esta historia, no recuerda o no sabe por qué se había colocado tres o cuatro filas mas atrás. Estaban situados todos- eran unos ocho o diez- por el centro del aula, hacia la derecha. Cerca de los ventanales. Algunos en mesas contiguas, otros en mesas separadas pero cercanas. Todos bastante juntos para las dimensiones del aula. Los que no estaban en la misma fila, estaban en la anterior o en la siguiente. Todos en tres filas de mesas.
El protagonista se instaló, como ya se ha dicho, un poco mas separado. Unas tres o cuatro filas mas atrás. Un poco mas alejado. ¿Porqué?
Cualquiera podría pensar que fue debido a su carácter. Y no andaría muy descaminado. Podría pensarse que se debió a carencia de seguridad en sí mismo. No. Nada de eso. Podría pensarse que le guió la timidez o su casi absoluta carencia de soberbia, vanidad o fatuidad. Estarían mas acertados.
Otra cosa es indagar en las causas que habrían forjado ese carácter.
Quizás algún acontecimiento traumático sucedido algunos años antes, le hubiera marcado, le hubiera acomplejado. Quizás ese hipotético acontecimiento, le pesaba como una losa, le dolía y le condicionaba. Quizás.
No supo nunca si su comportamiento estaba condicionado por un trauma no acabado de superar o si era debido a su carácter.
Lo cierto y real era que, para dibujar; como para cualquier otra tarea que afrontaba, tendía al aislamiento. Con el único motivo de facilitarse a sí mismo un espacio libre de distracciones, que le permitiese concentrarse más y mejor en lo que se disponía a realizar.

Le dieron una pieza metálica, se supone que igual que las que dieron a sus adversarios. Nunca lo supo, ni le preocupó. Dibujar -en dibujo técnico- es representar lo que se tiene delante. No importa que las piezas sean distintas. Con ver el dibujo, se sabe que pieza se ha dibujado.
Se centró en ella. Había que dibujarla primero a mana alzada. Luego tomar medidas y pasarlas al “boceto”. Por fin, dibujar; primero “a lápiz” y luego “a tinta” la susodicha pieza. Hacer un plano real de ella, suficiente para que el operario de taller pudiese realizarla.

Con su lapicero -ya enano de las veces que le había afilado- del número dos hache (2H)


(si, era del tramo de grafitos “duros”, pero era su preferido porque los intermedios – y no digamos los “blandos” - dejaban sobre el papel una línea demasiado gruesa para su gusto; y él, tenía tal seguridad y confianza en su buen pulso, que prefería hacer líneas extremadamente finas, para luego repasar con un trozo de goma - cortado con la cuchilla de afeitar, de un ángulo de la goma grande, los ejes de simetría; las líneas de trazos de las aristas ocultas, con un lápiz de dureza intermedia y los contornos y aristas visibles con un lápiz blando, aunque tampoco demasiado, porque el grafito muy blando dejaba polvo sobre el papel y era más difícil mantener la superficie impoluta.
Comenzó a trazar verticales, horizontales, paralelas, perpendiculares, ejes de simetría, círculos, rectángulos, triángulos, cuadrados, semi-círculos, trapecios, rombos, elipses…se terminó la primera jornada.

Al día siguiente, acabó de hacer el dibujo previo. Había terminado de acariciar el papel con la punta del lápiz afilado con la cuchilla de afeitar en cuanto perdía la finura de la punta. Era el momento de utilizar el lapicero hache-be (HB), más blando; para repasar los trazos de las líneas ocultas primero -cuando está mas afilado - pues teóricamente los trazos ocultos deben ser más gruesos que los ejes de simetría, pero más finos que las líneas visibles. Los contornos y líneas visibles los dejaba para acabar el dibujo a mano alzada.

A media mañana del tercer día, se le acercó el fraile profesor. Ya era hora, pensó él, que empezaba a sentirse discriminado. No deseaba de ninguna manera tenerle como sombra. No era una situación agradable para él y aunque hubiese sido soportable, podría haber condicionado su manera de trabajar y haber influido en el resultado.

Tenía el plano del boceto en la parte superior derecha de la mesa y estaba dibujando a lápiz el que luego tendría que repasar a tinta china con el compás y el tiralíneas. Iba bien de tiempo, porque lo tenía bastante avanzado y quedaban aún dos días mas.

El fraile le sonrió, le preguntó afablemente qué tal iba. Le respondió en silencio que bien asintiendo con un par o dos de leves movimientos afirmativos de la cabeza a la vez que le señalaba con la mirada sus dibujos y le invitaba a mirarlos. El fraile lo hizo. Los observó detenidamente, le miró a los ojos y le dijo: ¡oye! ¡que los bocetos se hacen a mano alzada, sin reglas ni cartabones!

En ese momento supo que no iba a ganar el concurso.

Pero en ese momento supo que era el mejor de los que allí estaban.

No dijo nada. No se ofendió. No se defendió. No porfió. No se molestó ni en discutir. Porque se había dado cuenta de que cualquier cosa que dijera no iba a cambiar la primera impresión del evaluador. No iba a aceptar haberse equivocado.

Solo dijo ¡¡claro!! Y continuó dibujando sin prestarle ya ninguna atención y pensando: ¿Estaría yo participando en este concurso si no supiese lo más elemental? ¿O este zoquete me está diciendo que soy un tramposo?
En su fuero interno sabía que el fraile-profesor-tutor-evaluador o lo que coño fuese; no se fiaba de él. Y que esa desconfianza, iba a pesar en la valoración del trabajo. Quedó el tercero. Para todos los demás.(Como la

También sabía que no podía hacer nada en su defensa porque implicaba dedicarle un tiempo al fraile y comprobar con el cartabón o la escuadra que algún ángulo no estaba a 90º. Pero no procedía tal cosa, porque…
1º Corría el riesgo de haber afinado tanto que no hubiese ningún ángulo con más o menos de 90º
2º En caso de haberlo, el fraile podría pensar que lo había hecho adrede para mostrárselo en su defensa.
3º Le importaba más acabar su trabajo, que la opinión del fraile.

Pero para lo que realmente importa, para él mismo, él sabía que no solo era el mejor, sino que era tan bueno, que para quien tenía que evaluarle, era inconcebible que se pudiera dibujar a mano alzada con aquella precisión.

Y ello le bastaba.

Si un “profesor” que había visto dibujar a cientos de alumnos de la Universidad Laboral, veía sus dibujos y pensaba que estaban hechos con regla y cartabón, con los ángulos rectos a escuadra, los círculos como hechos con el compás, los óvalos con una plantilla inexistente…era que no había conocido a nadie que dibujase como él. Incluidos los allí presentes. Incluido el mega equipado.

Estaba asistiendo al inicio del ocaso de la artesanía. Se enfrentaban dos maneras de hacer las cosas: el tiralíneas
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frente al rotring
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El aprendiz de delineante no sabía entonces que incluso los rotrings quedarían obsoletos con la aparición de los ordenadores y los programas de dibujo como autocad


cuarenta años después.

Pocos años más tarde, se matriculó en una escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, para dibujar a mano alzada.
Aprendió todas las técnicas de dibujo y pintura. Comenzó dibujando a lápiz, carboncillo y carbón; siguió con sanguina y sepia, pasteles duros y blandos, ceras, acuarela y gouache, óleo y acrílico.
El primer curso, tuvo de profesora a una licenciada en Bellas Artes, que le observaba bastante a menudo.
Esta profesora le pidió uno de los cuadros que hizo. Una composición abstracta que realizó cuando les había enseñado la técnica de la pintura con ceras blandas y les propuso como ejercicio una composición de libre elección. Y por supuesto que se lo regaló.

Y ese mismo año, la buena profesora, que había pedido el traslado a otra Escuela de Artes Aplicadas de muy rancio abolengo (a la sazón, y por mas señas, la de Córdoba) consiguió la plaza y tuvo que despedirse.

Al aprendiz de delineante y entonces de pintor, al despedirse le decía insistentemente “Y tu, no lo dejes. No lo dejes de ninguna manera. No lo dejes, sigue con esto.”

El aprendiz tenía entonces veintiún años y la profesora veintinueve.


#2

¿Continuara? :blush:


Pollo agridulce con arroz tres delicias
#4

Por supuesto


#5

Me alegro, porque es una historia bien bonita. Perdona que te pregunte, ¿es real?, ¿eres tu? :slight_smile:


#6

¿Por qué lo preguntas? ¿Es para un amigo? ¿Es para un estudio? ¿Para un trabajo?
No quieras matar el aliciente de la historia. Es mejor mantener la incertidumbre.
La incertidumbre incentiva la imaginación.
Piensa lo que quieras. ¿Será él? ¿Será de un amigo? ¿Será de un estudio? ¿Será de un trabajo? ¿Podría haberme pasado a mi en mi profesión? ¿Me puedo ver en una situación similar algún día? ¿Cómo reaccionaría si eso sucediera? ¿Se lo habrá oido a alguien y lo ha fantaseado, novelado o exagerado?
Saberlo todo es excesivamente prosaico. Ponle fantasía.


#7

Caray, que bonita historia se presume ahí…
solo decirte que tu relato me llevó a recordar a Tom Builder en los inicios de “Los pilares de la tierra”.


#8

Espero que no te haya sentado mal, era solo pura curiosidad. Aunque si, a veces la imaginación es la mejor arma.


#9

De ninguna manera. Es más, te agradezco el interés que has mostrado. Me anima a seguir contando batallitas.:magia::misterio::guino2::nadamal::ozores::todobien::ylosabes:


#10

Interesante historia. Me hace recordar los inicios del arquitecto Roark, siempre ha sido una de mis fuentes de inspiración.