El hijo del viñador o las buenas y malas mañas


#1

Cuando España comenzó a levantar cabeza, allá por los años sesenta del hasta entonces nefasto siglo pasado; muchos agricultores se aventuraron a modernizar sus predios rústicos.

Uno de ellos, cualquiera, de cualquier sitio; que para el caso es indiferente; quiso cambiar la variedad de uva que tenía plantada. Eran unas diez hectáreas, que para el caso que os voy a contar, tampoco es importante.

El caso es que contrató los servicios de injertadores profesionales.

El viticultor tenía un hijo de unos ocho o diez años entonces. El niño acompañaba a su padre cuando éste iba a ver como avanzaba la operación de injertar toda la viña con la nueva variedad.

Este niño se interesó por el trabajo de los especialistas y se acercaba a verlos, para saber cómo hacían su trabajo.

Se dio cuenta de que ellos trabajaban cubiertos con una manta, capote o paño pardillo y que cuando se les acercaba; giraban el cuerpo, escondían las manos o movían los hombros de manera que el paño les tapase más y mejor por la parte que el niño venía.

A pesar de todo, pudo fijarse en cómo hacían su trabajo y con su corvinche (corvo pequeño) en el bolsillo, buscó sarmientos y los cortó en canutos parecidos a los que utilizaban los especialistas.

Se fijó, mirando las cepas ya injertadas, que los trozos que añadían tenían una o dos yemas, que por encima de las yemas dejaban un tramo de canuto y que la parte de la estaquilla que se introducía en el muñón de sarmiento que al podar se había dejado en la cepa, estaba afilada.

A base de mirar de lejos - y de cerca - y observar a uno u otro especialista, pudo comprobar que para introducir el injerto en el muñón, cortaban el muñón por el medio,


para abrirlo e introducir el palito. Que luego ataban y embadurnaban la zona del empalme con un ungüento, pomada o masilla.

Preguntó a uno y otro con que ataban las uniones, con qué las untaban y como se hacía el ungüento.

Todos le respondían que era un secreto, del que dependía que el resultado fuese bueno y que no hubiera fallos, o que ellos lo aplicaban pero que el que lo sabía hacer era otro que en aquella ocasión no había ido con ellos, o que las yerbas para atar necesitaban un tratamiento especial de desinfección que duraba mucho tiempo y no lo podía hacer cualquiera.

Con los sarmientos recogidos y su corvinche, comenzó a cortar palitos similares a los que llevaban los especialistas. Luego los afiló por una punta


y se acercó a uno de los especialistas. Le enseñó una de sus púas y le preguntó si se hacía así.

El especialista la cogió, la observó un instante… y la arrojó lejos, con gesto agrio y diciendo: esto no vale para nada.

Probó con otro especialista. Le mostró otra púa y recibió el mismo trato despectivo y una respuesta parecida.

El niño escamado, esperó una ocasión propicia para comprobar la diferencia entre sus púas y las de los especialistas, para intentar hacerlas mejor.

Esperó a que los trabajadores se tomaran un rato de descanso para comer o echar la siesta y en un descuido, metió la mano en la bolsa donde llevaban los injertos y cogió un puñado.

Pasado un tiempo, se acercó a uno de los que habían desechado sus púas y le preguntó ¿y esta que tal está?
El especialista la cogió, la miró; y dijo ¿esta? ¡La peor! Y la tiró a lo lejos con un ademán brusco y un golpe de su brazo al aire.


#2

¿Y aquí es dónde @borderline nos enseñará el conejo de su chica?


#3

circa 1879


#4

Ignoro si este tipo de publicaciones estaban al alcance de cualquiera en la época de que hablo.
Supongo que entonces ya habría estudiantes universitarios de Ingeniería Agrónoma. En la Universidad podrían conocerse libros similares. Pero en los pueblos de España de entonces,las bibliotecas - en caso de existir - tenían pocos o ningún libro especializado.
Bien es verdad que si alguien quería hacer ciertas labores culturales por sí mismo, tenía la vía de hacer un viaje a la capital de provincia o a Madrid o Barcelona, para buscar un libro sobre las técnicas a seguir. De todas formas, la teoría y la práctica difieren un poco.

El hilo va más de que algunos maestros no enseñan todo lo que saben por temor a que algún alumno los supere, compita con ellos y les dispute el puesto que ocupan.

Va también de que el conocimiento - que debería ser de libre disposición - es objeto de comercio. Se vende. Y se paga un alto precio por él.

Y esto se presta a que el que vende conocimiento, lo haga a cuentagotas, con el fin de obtener beneficio continuo por no haber enseñado todo lo que sabe.

Esto se presta también a que se especule con el conocimiento. A que quien tiene la capacidad para emitir un certificado de conocimientos, se lo conceda, a cambio de una cantidad de dinero u otro intercambio de favores, a alguien que no tenga realmente esos conocimientos.

Y va también de que para eludir esa dinámica, es lícito utilizar ciertas astucias, argucias, tretas, arterías o artimañas.


#5

Yo hago algo parecido a lo de los injertadores.
Tengo patentado un ensayo muy específico que se hace sobre obras de arte, por el que cobro una buena cantidad porque nadie más sabe hacerlo. El ensayo es fácilmente replicable por alguien que posea los mismos instrumentos, y la parte teórica se la podrían solventar en cualquier facultad.
Está patentado, pero no podría evitar que algunas instituciones lo hagan con sus propios medios sin ánimo de lucro, o en todo caso no me apetece estar pagando por ese tipo de vigilancia a ver quién me quiere copiar y que beneficio está obteniendo de ello, y muchísimo menos estar pagándole a los picapleitos de turno.
Así que lo he solventado disfrazando los instrumentos que utilizo, he hecho unos moldes para que parezcan otra cosa que no son, con el objetivo de que las personas que me obligan a que estén presentes durante las tomas de datos, recojan información errónea que no les servirá para nada.
No veo nada de malo en lo que hago. Una artimaña para combatir otra artimaña.


#6

Es que tu caso es parecido pero no igual. En tu caso veo perfectamente legítimo que defiendas tu propiedad intelectual. Admiro a todo el que domina su profesión y más al que es capaz de ir un paso más adelante e inventar algo nuevo.

Aparte de haber sido afortunado en el reparto de inteligencias y haberte correspondido una privilegiada, crear algo nuevo requiere una dedicación, un esfuerzo que debe ser recompensado como se recompensa la prestación de cualquier otro servicio a la sociedad.

Como el compositor, el poeta, el cantante lírico o el virtuoso de un instrumento musical. Todo aquel que tenga capacidad extraordinaria para crear, debe tener una recompensa extraordinaria por ello. ¿O acaso los deportistas mejor dotados para su especialidad no reciben retribuciones extraordinarias? ¿No son los deportistas profesionales, hombres afortunados en el reparto de las buenas condiciones físicas?

Los buenos cerebros, pues, son merecedores del mismo reconocimiento. Y ya que la Sociedad no aprecia el mérito del científico, el investigador o el inventor, aplaudo ese tipo de astucia, que en este caso no es argucia, treta, artería ni artimaña. Es mera creación, inspiración, innovación y superación aplicadas. Algo así como descender de las musas al escenario. Como completar el proceso creativo teórico, con el proceder pragmático.


#7

Hombre, si tu tienes derecho a ganarte la vida, ellos también. Digo yo.


#8

No te sientas mal por su actitud Rachel . Yo desde bien pequeño he acompañado a ingertadores . No es un trabajo facil de aprender y acada uno que preguntes te dara una explicacion distinta de cuantos días antes hay que poner el esparto en agua y como atarlo , por poner un ejemplo.
Muchas veces son dos años de criar una plata (riparia) para poder hacer el ingerto y que agarre depende mucho del trabajo y mas del año que sea medio bueno.Asi que saber si has hecho un buen trabajo tarda un tiempo. No pase de descubri la planta y una vez hecho el ingerto arrimar tierra (apeanar). Y no fue porque no me lo explicaron bien un monton de veces como se hacia.Y por aqui el liquido que se le pone a la espigueta si la ves muy seca es un poco de saliva .Mira eso que ya sabes si has aguantado este tocho.


#9

No es tocho ¡por favor! Todo lo contrario. Es preferible que en este club de caballeros, ya que acudimos a la sede, participemos en los debates aportando experiencias propias o ajenas.
Por mi parte, agradezco que cualquiera de nosotros o alguien que nos visite, nos dedique a los demás un poco de sí y de su tiempo.
Me gusta (y en eso nos distinguimos de otras RRSS, que para eso nos definimos como caballeros) que si nuestra opinión sobre algo o alguien es negativa, callemos antes que menospreciar, denostar o zaherir; eso si.
Aunque ello no quita que si alguien que no sea de nuestra cuerda, se pone a meter cizaña; reciba el correctivo adecuado.
Por lo demás, cualquier experiencia, cualquier opinión es bien recibida, porque nos ayuda a todos a comprender mejor la naturaleza humana, aprendiendo cosas que no se enseñan en la Escuela, en el Instituto ni en la Universidad.
También ponemos un poco de cuidado en escribir sin faltas de ortografía. Es una más de nuestras señas de identidad. De los que pretendemos que Occidente no sea derribado.


#10

La ortografía nunca fue mi fuerte . !:wink:


#11

Un fallo lo tiene un guardia.

Hay programas correctores que pueden hacerte la seña de duples del mus para advertirte si escribes una palabra dudosa.