Hablemos de pajas


#1

Quienes me conozcan un poco por aquí sabrán que soy una persona con pocos complejos, por no decir ninguno. Pienso que lo mejor de la vida es que al final te mueres, así que de poco vale que la gente ande tan remilgada. Nacer es un jodido privilegio, es la verdadera lotería, el Euromillón con todo el bote acumulado, por lo tanto hay que disfrutar esa gran suerte y la mejor manera de hacerlo es sin complejos y yendo de frente por la vida. Por lo tanto, hablemos de pajas. Empiezo yo y luego a ver si os animáis.

A día de hoy me río, pero si no llego a estar espabilado me hubiese truncado la adolescencia. Tenía nueve años, pero me venía meneando ya la churra como si fuese el encargado de un Club Swinger. El catecismo nos tenía a todos la mente un poco desvirtuada. En mi caso los martes teníamos catequesis, aunque esta historia nada tiene que ver con mis horas de oración.

Como ya he dicho tenía nueve años y haría la Primera Comunión al año siguiente, al cumplir los diez. Mis padres, como la mayoría de padres, tienen buenos amigos cuyos hijos rondan las mismas edades. En este caso este hijo, buen amigo de mi infancia, tenía un año más que yo. Era mayo, así que por mera cuestión cronológica era el día de su Comunión. La mía sería al año siguiente.

Fuimos al salón de celebraciones y tras una comida con unas malas gambas que todavía las recuerdo los niños nos fuimos a jugar a un terreno bien grande. Este terreno mezclaba albero con calvas de cemento. Se utilizaba como aparcamiento para los comensales. Además también era la zona de descanso de una autoescuela donde descansaban muchos camiones y remolques. Entre todos estos carricoches había un par de columpios y una rueda de esas que no tiene sentido y que solamente sirve para que des vueltas y vomites.

El calor empezó a apretar y bastante fuerte así que me fui a la mesa de los adultos y le pedí las llaves del coche a mi padre. El coche era medianamente nuevo y mi padre entendía que a mí me gustaba meterme a escuchar música, ya que en aquella época era una de las pocas maneras de poder disfrutar de unos cuantos CDs en la calle. El niño protagonista del día se metió conmigo en el coche para escuchar música y muchos de los demás quisieron entrar al poco tiempo. A mí la situación me agobió porque no quería que otros niños desconocidos y sucios entrasen en el coche de mi padre, así que salí y cerré. Justo entonces alguien propuso jugar al escondite. La idea de escondernos en un terreno tan amplio resultaba atractiva. La echamos a “chinita la salva” y no me tocó quedarla. Así que empezamos a escondernos.

Le dije a mi coleguilla que tenía un sitio infalible, que me iba a meter dentro del maletero del coche de mi padre, pero que no dijera nada. Y así fue. El chavalín que la quedó ya había pillado a todos, solo faltaba yo, pero estaba tan contento dentro del maletero pensando que iba a ser el rey de la fiesta que no me estaban afectando los 50° que venían subiendo poco a poco, ya que eran las 16:30 y en la chapa del coche se podían freír unos huevos. Yo escuchaba como ya no era sólo el chico que la quedaba el único que me buscaba. Cuando notaba que se acercaban al coche, incluso que tocaban el maletero y se quejaban por no encontrarme yo me callaba más todavía. Me metí en el papel de un súper espía silencioso. El calor empezaba a apretar tela y no me quedó otra que empezar a desprenderme de mi trajecito de los domingos para las comuniones. Poco a poco, con movimientos muy leves y sin hacer ruido, me quité los pantaloncitos cortos, con mucho cuidado porque al moverme no sé qué pieza de metal había dentro que ardía como un demonio.

Perdí la noción del tiempo y empezó a entrarme un peligroso sueño que no sé si me llevaba a los brazos de Morfeo o al limbo. Afortunadamente estaba bautizado, pero a un año de hacer la Comunión y con mis grandes ideas no sé yo si San Pedro me iba a dar la bienvenida con las puertas precisamente abiertas. Decir que tanto los pantaloncitos como los zapatitos de charol ya me los había quitado por completo y visto que comprobé que me resultaba imposible girarme para llegar a ellos me di cuenta que de salir de allí tenía que ser en pelotas, no me quedaba otra. Así que visto lo visto, total, me empecé a hacer una pera limonera. Así sin más. El vaivén me mantenía consciente mientras pensaba: “Joder cuando salga de aquí voy a ser el mejor. Deben llevar horas buscándome.” Y yo dale que te pego al manubrio. Pin pan pin pan pin pan. FAP FAP FAP FAP FAP FAP. Cuando eres pequeño estás tan metido en tus cosas que eres incapaz de darte cuenta de que estás a punto de morir.

Yo no sé si allí me pegué dos horas, una hora o lo que fuese. Lo que recuerdo es que escuché un revuelo tremendo. Muchas voces, lo que me hizo suponer que todos seguían buscándome. Lo que no sabía es que quienes me buscaban ahora eran también los adultos por todas partes.

“Es que la llevo yo quedando todo el rato porque no aparece el niño del coche.” - (léase con voz quejicosa infantil).- “JA JA JA”.- pensé, ya que no quería hacer ruido. “Jódete gilipollas que no me vas a encontrar nunca. Soy un espía al servicio de nadie que está a punto de morir por ser leyenda en el escondite.”

Y fue justo en ese momento, desvanecida ya toda esperanza de aquel chaval, cuando mi padre, en aras de conocerme más de lo debido, abrió directamente el maletero de su coche a sabiendas de que algo encontraría. Y encontró. Nada menos que a uno de sus hijos con las piernas en un perfecto rombo haciendo vértice con ambas plantas de sus pies perfectamente alineadas, con los calzoncillos ya por los tobillos, al borde de la muerte por deshidratación, sacándose de sus entrañas los pocos centilitros de humedad que tenía dentro.

Por mucho alzheimer que llegase a desarrollar os juro que no olvidaré jamás el temple de su rictus, perdido totalmente en la gran inmensidad del sentido de la vida, haciéndose tantas preguntas en tan poco tiempo, intentando evitarse el bochorno de mostrar a su hijo a los ojos de la vergüenza, pero a su vez queriendo tranquilizar a todos los invitados porque ningún niño había desaparecido.

Me enganchó del cuello, no por carácter autoritario, sino por no cogerme de la mano. Me apretó bien fuerte de un brazo y me dijo: “¿Para esto querías las llaves? ¡¿PARA ESTO?! Vístete por Dios, que el año que viene haces la Comunión tú. Ya no tienes edad para hacer estas cosas.”

Imagino que con esta última frase se referiría a que ya no tenía edad para darle esos disgustos por un comportamiento infantil, porque sino que alguien me diga cuál es la edad para hacerte pajas en el maletero del coche de tu padre.


#2

26

Desde los 8 hasta mas o menos los 13 quizás 14 tenía un ritual, hoy absurdo, de aquellas de vital importancia para mi, al menos en mi imaginación era algo importante, muy importante.
Masturbarme en cualquier sitio al que fuese, que iba a casa de un colega? pues me la zumbaba, que iba a misa? pues aunque fuese con los calzones corridos ahí le daba, tenía que hacerlo mínimo una vez en cada lugar…

Años mas tarde un día de calentón, venía de hacer algo de ejercicio, por aquel entonces, 18 años, se me daba por “hacer” cosas físicas gratis, pagando a veces >.<, como decía venía de hacer ejercicio así que estaba en chándal, terminando las prácticas para el carnet de conducir, cuando la monitora nos “repartía” a cada uno en su casa yo iba en la parte trasera de aquel coche, un ford focus plateado, con una tía que ni fu ni fa, pero aquel día por cuestiones que no sabría decir, supongo que por las endorfinas liberadas durante la tarde, me puso malo, así que mano al bolsillo, me las apañé para “rajarlo” sacarme la polla… dentro del bolsillo, pelármela con todo el disimulo posible, y dejar un lefazo en el asiento de aquel coche.

A veces, me admiro.
@RatRater tengo mas historietas, ya te iré contando, ya.


#3

Magnífica gallofa. Quiero más historias de esas.

:jajaja:


#4

Jajajajaj, qué barbaridad @RatRater, ¿alguna vez en alguna comida familiar tu padre ha recordado en voz alta el bochorno de aquel día? xD


#5

Creo, que sería importante saber de que coche se trataba, por que no es lo mismo el maletero de un lupo, que es de un laguna familiar.


#6

Jamás nunca hizo mención. Me da la sensación de que ni se acordaría a día de hoy. Mi padre es un ser muy olvidadizo, de hecho mi hermano de vez en cuando lo llama “Ólvido”.


#7

Era un Renault Megane, de los primeros primerísimos modelos que yo al menos recuerde.


#8

:risa:


#9

Menuda aventura lo del coche…


#10

2º de BUP, suspendo latín. Me queda para septiembre. Mi madre me apunta a clases particulares en verano.

Tenía que ir todas las tardes a casa de una chiquita que estudiaba en la universidad Lenguas Muertas (hoy en día creo que se llama Ciencias y Lenguas de la Antigüedad).

La niña en cuestión estaba rebuena, y cuando digo rebuena es que era un 9,5 sobre 10. Para colmo, las clases eran a las 5 de la tarde, y la susodicha llegaba todos los días de la playita, con sus camisetitas, a veces nada debajo, supongo que porque lo traería mojado y se lo quitaba para estar más cómoda.

Yo con mis 16 años recién cumplidos, y con una media de 3 pajas diarias, cada vez que aquella diosa me empezaba hablar de declinaciones se me ponía la polla más dura que la mesa de comedor donde nos sentábamos, ella enfrente de mí.

Por supuesto desde el primer día me saque la polla de los pantalones y muy discretamente de la pelé sin ningún titubeo. Todos los días, de lunes a viernes.

La corrida salía disparada contra la mesa, y se quedaba pegada por debajo. Yo siempre me preocupaba en tirar algo al suelo para así poderme agachar a ver si había quedado todo bien pegadito, y en algunos casos intentarlo limpiar.

Pasaron las semanas, y paja tras paja, aquella mesa por debajo parecía un cuadro de Van Gogh. Aunque lo limpiara, ya las pajas de anteriores días estaban resecas y era imposible que quedara del todo bien. Cada vez que me agachaba, veía como mi obra era cada vez más sublime.

Hasta que llego el día. Cachondo como todos los días me saqué mi miembro y me toqué. Ver a aquella diosa y el pensar que me podía pillar eran dos cosas que me ponían demasiado bruto. Me corrí. Desde que pude dejar caer algo al suelo para intentar limpiar el destrozo, me agaché y … :open_mouth:
La mesa por debajo estaba impoluta, alguien la había limpiado. Semanas y semanas de corrida reseca ya no estaban allí. Mi gran obra de arte efímero no existía.

Un sudor frío recorrió mi espalda. Sabía perfectamente que me habían descubierto. Eso me puso más cachondo. Saqué mi pene erecto y me volví a tocar.

Esa fue mi última paja en casa de aquella señorita. Nunca más miré si habían limpiado mis 2 últimas corridas.

Llegó septiembre y aprobé latín con notable. Nunca más volví a ver a aquella diosa.


#11

Sublime


#12

Esto si es un relato de los 80 y no Stranger Things y sus americanadas.

Todos nos hemos sentido alguna vez “Pollock” por un rato.

:misdies:


#13

Mis dies.

:che:

Tremendo.


#14

No me puedo creer que ni @santifesti, ni @fleshfly, ni @EcheniqueC17, ni @Dirk, ni @Parlo, ni alguno más que dejo no tengan nada que contar en este hilo. Vamos, no me jodáis.


#15

Yo tengo una gran historia de pajas. La contaré este finde. Prometido. Es que llevo una semana de mierda.


#16

Yo una vez, en mi plenitud, me casqué cuatro pajas seguidas. Sé que no es ninguna proeza, pero fueron seguidas, sentado en el váter, una cascada tras otra, en una época que no existían los móviles, simplemente viendo los azulejos de la bañera. Cuatro peladas sin porno. Fap Fap Fap y Fap. Me sudaban las cachas hasta deslizarme. Salí del cuarto de baño creyéndome Zeus.


#17

Pajas sin 3G, para eso hay que tener gran imaginación.

Yo me pegué todo un verano haciéndome pajas con las tetas de Lolita en un topless de la revista Semana. En la playa no teníamos Internet ni existían los smartphones. Las tardes eran horribles hasta que encontré en aquel revistero del suelo aquella revista del corazón. En sus páginas centrales unos pechos turgentes bien maduros. Algo es algo pensé. Lolita. Lo mejor de todo es que en los momentos de mayor ímpetu le terminaba pegando lametazos al papel couché, para terminar dejándola babeada en su mismo lugar, deseando que a mi madre no le diese por hacer limpieza.


#18

No puedo negarme a la llamada del camarada @RatRater y a compartir una historia de onanismo que, visto lo visto, no será tan depravada como pensaba.

Empecé pronto, a los 9-10 años pasándome los recreos subiendo y bajando del palo de la canasta de baloncesto. Subía. Me dejaba caer… Volvía a subir… El roce… Y el consecuente órgasmo sin eyaculación. Cómodo y discreto.

Pero la historia que compartiré hoy fue a los 12-13 años. Fui de los primeros de mi clase en tener pelos en los sobacos y en las cerezas. Hacíamos competiciones comparando en los vestuarios y aquello, entonces, era como ahora tener un “six pack”. Te daba prestigio y distinción.

El caso es que las clases de gimnasia, a los 13 años, empezamos a hacerlas mixtas. Anteriormente las chicas hacían piscina el día que nosotros gimnasia y al contrario.

A mí aquella noticia me rompió una ceremonia que había llevado a cabo casi todos los martes y jueves del curso anterior.

Aprovechando que me conocía el colegio y todos sus recovecos, cuando las chicas estaban haciendo piscina me las ingeniaba para escaparme a buscar la merienda compuesta de un panecillo de Viena y una chocolatina Nestlé de chocolate con leche (yo me presentaba voluntario a ello) y subía al séptimo piso donde estaba la piscina cubierta.

Mientras escuchaba a mis compañeras chapotear en la piscina, me colaba en el vestuario y, recordando que ropa llevaba la victima de ese día, me pajeaba y le dejaba mi simiente en las bragas o, en otras ocasiones y si era verano, en las zapatillas de deporte.

La clave era que, las dos horas posteriores en clase y mientras miraba a la chica que tenía su ropa interior o los pies llenos de crema amorosa, preparaba mentalmente mis siguientes dos pajas antes de dormir.

Creo que casi todas las de clase acabaron llevando mi corrida en las braguitas o calcetines/zapatos pero siempre de la manera en que supiese que iban a pringarse la piel.

Ahora, cuando mi mujer se ríe por mi fijación por unos bonitos pies, recuerdo esos momentos y sonrío.


El OTRORA libro de frases míticas en Tabloide reconvertido en chat de tetas
#19

:jajaja: :jajaja:

¡Qué risas!


#20

Mañana, mañana…