Lo que en una ermita se puede aprender, el malentendido o sobrentendido


#1

Su abuelo era el cofrade más antiguo de la ermita. Cuando falleció su esposa, su hija se lo llevó a vivir con ella en otra Ciudad de otra Región.
Tuvo que hacer el traspaso de poderes al siguiente cofrade con mayor antigüedad.
Serlo, implicaba ser el custodio de las llaves de la ermita y de los trajes y ornamentos de la Virgen y “el niño”. Era una tarea propia de mujeres.

A principios de septiembre, cuando el verano envejece y va perdiendo fuerza; cuando ya se había efectuado la cosecha principal -del cereal- y la energía acumulada por la tierra con las lluvias primaverales y la insolación y tormentas veraniegas, acaba de madurar otros frutos; las viñas empezaban a mostrar los primeros racimos maduros del término municipal.

Los agraciados con esa prematura maduración, hacían alarde del acontecimiento y gala de ofrecérselos a la Virgen. Esos primeros racimos, que en tiempos remotos fueron las primicias que estaban obligados los católicos a entregar a la Iglesia; eran llevados a la casa del cofrade más antiguo.

Era también la señal para que la abuela mandase aviso al resto de las mujeres cofrades para que enviasen a su casa a sus hijas, con el fin de proporcionarlas los medios materiales para limpiar la ermita.

Las jóvenes, adolescentes y niñas acudían alborozadas, recibían los útiles de limpieza y las llaves de la ermita y acudían a ella con la finalidad encomendada.

Era un paseo largo de tres o cuatro kilómetros. Acompañaban a las jovencitas mujeres sus hermanitos.

Las más mayorcitas, se aplicaban a la tarea con afán. Pero las mas niñas eran más juguetonas. Muy juguetonas.

La ermita disponía de estancias aledañas que servían para realizar la comida de hermandad y a su alrededor había tenadas y corrales con muchos sitios apropiados para esconderse.

Los niños y adolescentes jugaban por todos los sitios dentro y fuera de la ermita. Jugaban al escondite o “a las escondidas”.

Una de las niñas se juntó con el nieto. El niño tenía ocho años. La niña once.
Para mejor esconderse, propuso el niño a la niña esconderse en el interior de un campo baldío poblado de helechos.

Así lo hicieron. Estaban tan bien escondidos que no los encontraban. Se acercaban al borde del campo, llamaban y no obtenían respuesta. Se dividieron en grupos y siguieron buscando por uno y otro sitio. Los llamaban pero no respondían. Se hacían señas con el dedo en los labios sonriendo felices y disfrutando de la ocasión, para mantenerse en silencio y no moverse para no mover los helechos y no dar señal de su escondite.

Los demás niños y niñas seguían buscándoles y ellos sentían si estaban cerca o lejos. Era una situación emocionante, excitante; el niño notaba cosquillas “por dentro” por su estómago o por ahí. Sentía una especie de escalofríos que le daban gusto. Notaba su piel empapada de sudor, húmeda, caliente.

Estaba tan a gusto, que se tumbó en el suelo a dejar pasar el tiempo, a disfrutar del momento.

La niña, que permanecía sentada en el suelo, a su lado, le puso la mano encima. Pero no encima de su muslo ni de su vientre. Tampoco apoyó el codo en su pecho buscando un apoyo para recostarse.
Él se dio cuenta de que lo había hecho aposta. Que la niña había puesto la mano allí adrede, buscando lo que encontró. Y que además, lo quería encontrar; porque cuando lo notó no apartó la mano. Al contrario, la movía haciendo vueltas sobre lo que notaba que estaba duro y tieso dentro del pantalón.

Le hizo la seña de chitón

él se quedó como de muestra

Y la dejó hacer. Le gustaba.
Ella fue desabrochando los botones, le bajó el pantalón y el calzoncillo y le agarró el tentemozo. ¡¡Dios!! ¡Como le gustaba!
Le apretaba con su mano como se aprietan las ubres de las cabras y ovejas cuando se ordeña.
Acercó su boca a la oreja del niño y le dijo en un susurro “¡que grande! ¡Es verdad lo que se dice de ti!”

¿Qué se diría de él? Pensaba el chaval.

Recordaba en ese momento, que un día en la escuela, un día que tocaba limpieza, le había tocado quedarse a él con otros niños. Era la primera vez que se quedaba a limpiar.

Acabaron pronto y se sentaron en un banco. El banco que estaba debajo del encerado de los pequeños, el que colgaba en la pared del fondo de la clase. La pared que quedaba perpendicular a la puerta de entrada – y salida – hacia donde se abatía la propia puerta; que, aunque estaba cerrada, si se miraba por el ojo de la cerradura, se podía ver el interior. El fondo del aula.

Los niños sacaron el tema. Él era algo más alto que ellos y se metían con él. Le decían ¿ cuantos años tienes? Tienes que ser mas mayor que nosotros. ¿Y cómo tienes la polla? ¿También la tienes más grande? ¡Venga, vamos a sacarla todos! ¡Y a ver!

Él sabía que sacarla y enseñarla no era muy ¿correcto? ¿conveniente? ¿adecuado? Pero… lo de siempre, no te puedes hacer el estrecho, porque te la cargas. Y empezaron a abrirse la bragueta y sacarse la pichina todos…y él.

Todos con la picha al aire, todos mirando la suya y él mirando las de los demás. Él pensaba: son todas parecidas, si no iguales. Y ellos: ¡hostia! ¡vaya badajo!
Y él pensaba: ¡vaya tontada! Si es casi igual. Si la diferencia apenas es medio centímetro de larga y ni dos milímetros de gorda.
Pero ellos… a dar voces, llamando a los que estaban fuera del corro para que acudieran a ver “el fenómeno”.

Salió del recuerdo y siguió pensando:
O sea, que se ha corrido la voz. Me han colgado el sambenito.
Y esta debía tener unas ganas de comprobarlo que no se las ha podido aguantar.

¡Bueno! Pues si quiere satisfacer su curiosidad, no me importa. ¡Va! ¡Que lo haga! ¡y encima me gusta!
La niña empezó a mover la muñeca arriba y abajo sin soltar su badajo. ¿Te gusta?
-Si.
Pero…¿cuanto? ¿mucho o poco?.
No sé, bastante.
¿Que pasa que no lo hago bien?
No, no. ¡Que lo haces muy bien!

¡Que listo eres! ¿Te has dado cuenta de que enseguida he sabido lo que querías en cuanto me has dicho que si nos escondíamos juntos? ¿Por qué sabías que yo quería hacerte esto?

Pensaba el niño: yo que iba a saber. Si sólo quería esconderme y se lo he dicho a la que tenía mas cerca. Pero no la voy a desengañar, no sea que se ofenda. Si lo quiere creer, que lo crea. No la voy a quitar la ilusión.

Entonces ella comenzó a jugar con lo tenía en la mano. Se paraba, se acercaba para verlo mejor, le bajaba la piel para ver como era por dentro. El niño la observaba y pensaba que lo hacía por y para eso.
Pero tanto mover, tanto jugar, tanto descubrir y tapar…de momento, ocurrió. ¡No te pares, no te pares! ¡hazlo mas deprisa y aprieta!
¡¡¡Explosión!!! ¡¡¡Uuuffff!!!
Y ella: ¡Hala! Te ha salido un chorrito. No lo había visto nunca. ¿Así que esto soltáis los “hombres” cuando se os da gusto? Y lo tocaba con la yema del índice. Luego se lo llevó a la punta de la lengua. A probarlo.

Sabe raro, pero no sabe mal. Es como la leche, aunque un poco mas espeso.
Me voy a quitar la braga, para limpiártelo.
Debía estar pensando “y ya que estamos”, porque después de limpiarlo, se puso a caballito encima de él, se lo metió dentro de ella y comenzó a hacer lo que antes había estado haciendo con la mano. Lo apretaba, movía el culo arriba y abajo…y así estuvo un ratito hasta que se quedó quieta, tumbada sobre él y jadeando, pero conteniendo el aliento para no ser oída mas allá de los más próximos helechos.

Poco después, ya serenos, salieron al borde del helechal y se dejaron “descubrir”.

¡Ya os hemos visto! ¡Estáis pillados! ¡Vamos a empezar otra vez! Decían los demás niños y niñas.
Y él pensaba: ¿Empezar qué? ¡¡Si no sabéis ni esconderos, ni lo que se puede hacer escondidos!!