No sé ahora mismo cómo titular esta historia


#1

Me ha costado bastante acordarme del año. Soy horrible para las fechas. El caso es que rebuscando he encontrado una noticia de cuando Terra ofreció e-mails con discos duros virtuales de 50 Mb. Yo me hice uno. Creo que fue mi primer e-mail. Era el año 2001.

Por aquel entonces era menor de edad, no llegaba ni a los diecisiete años, y no llevaba demasiado en esto de Internet. Me resultaba complicado el consumo de porno, desconocía las principales vías y además disponía de pocos contactos que también tuviesen Internet en sus casas. El caso es que buscaba desde algunos buscadores ya desaparecidos fotografías sobre corridas en la cara. Me gustaba el tema, creo que porque por aquel entonces las niñas de mi clase siempre decían que serían incapaces de dejare echar eso en la cara. Mira que hay que ser guarra para decir eso. Habrá que verlas ahora.

Di con una página alojada en la antigua Geocities. Espero que alguno lo recordéis. Este tipo de webs podían alojar una especie de “foro”. No era más que la concatenación de mensajes públicos uno detrás de otro. Recuerdo algunas webs que llegaban a recibir cientos y cientos de mensajes en tan sólo horas. Esta url en concreto fue el primer reducto de Internet donde encontré información sobre la Mascarilla de Cleopatra. Era lo que tenía no parar de buscar información sobre corridas faciales desde todas las perspectivas lingüistas y semánticas diferentes.

Creo que como sabréis todos la Mascarilla de Cleopatra es un tratamiento estético consistente en la aplicación de semen sobre el rostro, debido a las propiedades beneficiosas que tiene el semen en la piel.

Esta web trataba el tema alejado de toda intención pornográfica, ilustrada con imágenes más cercanas a las de un actual spa. Hablaban abiertamente de los beneficios del semen humano y digo humano porque también publicaron disertaciones del semen de otros animales. En concreto le daban suma importancia al semen joven y no con ello se referían a las primeras poluciones que pudiesen tener cualquier imberbe, sino a los siguientes años de desarrollo, olvidando el primero de todos. Como cuando un médico te dice que para un análisis de orina no cojas el primer chorreón. La idea de saber que había mujeres que se ponían voluntariamente el semen en la cara mientras las niñas de mi clase clamaban al cielo no paraba de rondarme la cabeza. No es que me obsesionase, ni mucho menos, pero si es cierto que el facial comenzó a ser uno de mis estimulantes favoritos.

A los pocos días, debido a que seguía entrando para ver si actualizaban algo, di con aquel foro al que sin saber porqué no le había prestado atención alguna hasta ahora. Me leí todos los mensajes, que eran demasiados y observé como un par de nicks se repetían demasiado en algunas respuestas técnicas, Maurie y Vick. Justos esos y no otros. Así que decidí comunicarme en aquel lugar respondiendo un comentario de Maurie y para ello me identifiqué con mi nuevo e-mail de Terra.

Me olvidé por completo de aquello, del comentario quiero decir, ya que no existían notificaciones para que te enterases de cuándo te habían podido contestar y en el foro jamás me respondieron porque seguía entrando continuamente.

Fue aquí cuando la familia me propuso pasar unas semanas en Madrid y allí que me fui. Era agosto. Hacía un calor horrible y la ciudad estaba muy tranquila. Mis familiares no tienen dónde caerse muertos, pero de sus abuelos heredaron un piso ya pagado en Alberto Alcocer y lo más importante de todo, aquella casa tenía Internet. Fue entonces cuando comprobé que me contestaron el mismo día a mi mensaje en Geocities. Habría pasado algo más de una semana.

Lo primero que me llamó la atención es que no era ni un correo automatizado ni un copy-paste. Era en principio una explicación más profunda y detallada sobre todo lo que exponían en la web, me hacían saber que se ubicaban en Madrid y finalmente me invitaban a participar en una charla. Les contesté que estaba interesado. En principio no tenía ninguna intención de ir, además apenas dominaba Madrid y con quien me juntaba, un primo mayor que yo con novia que estaba todo el día fuera de casa, no me apetecía al menos por ahora contarle esta historia de la que siempre me pensé que se reiría de mí.

Me dieron una dirección. Una de las puertas del Estadio Santiago Bernabéu de la calle Padre Damián. Me dieron una hora, las 15:00. Pero no me hablaron de día. Fue entonces cuando le pregunté a mi primo si él se había corrido en la cara de su novia, a lo que me contestó que sí, pero que no solamente él, sino que en su clase era habitual que sus amigos se corriesen en las caras de otras chicas. Fue algo que me dejó bloqueado. A pesar de la poca diferencia de edad, lo primero que pensé es que en la gran ciudad la mujeres se dejaban lefar el rostro con normalidad. Algo que me hizo tomar la decisión de contestar aquel correo poniendo fecha a la quedada. Y así fue como al día siguiente, después de terminar de comer sobre las 14:00, les dije a mis tíos que iba a salir a correr, que me apetecía entrenar al calor que así estaría más preparado. Ellos me miraron con cara de loco, pero no se opusieron.

Llegué cinco minutos tarde porque le tuve que dar la vuelta al estadio entero para encontrar la dichosa calle. Os seré sincero, no estaba cachondo, pero me esperaba a una mujer adinerada, de unos cuarenta y cinco años, muy bien peinada, muy bien vestida y con un cochazo, ese tipo de MILFs que por lo general se dejan echar todo el grumo desde la barbilla a los pelos. Me paró una chica, una mujer más bien. Normal. Tremendamente normal. De infantería. Vestida con una blusa blanca y unos pantalones que parecían de trabajo doméstico. Su acento no era de Madrid. Le pregunté si era Maurie y me dijo que no, pero que venía de su parte. Fue bastante directa y ella parecía casi más nerviosa que yo. Me preguntó sobre mis hábitos alimenticios, hizo mucho hincapié sobre si consumía alcohol y me preguntó si me drogaba. Yo contesté a esas preguntas y me dio un número de teléfono. Me dijo que llamase para concertar una cita y se marchó.

Yo me quedé con una cartulina blanca y un teléfono fijo apuntado a mano. Ella tiró para un lado del estadio y yo justo para el otro. No me quedé demasiado contento con aquella primera vista y corriendo como alma que lleva el diablo le di la vuelta entera al estadio en dirección contraria para intentar toparme con ella y ver qué ruta cogía. Recuerdo que durante un momento me llegué a parar. Yo iba en chándal y no llamaba la atención, parecía que estaba entrenando series. Me paré porque se me pasó por la cabeza la idea de que ella hubiese venido en metro y yo no llevaba dinero encima. Aun así, reaccioné, me di el último sprint y la terminé viendo por Concha Espina, esperando un semáforo. Así que muy discretamente la seguí.

Entró en una zona de chalets inmensos. Aquello era como traspasar una puerta a otra dimensión. Estaban ahí, al lado del Estadio Bernabéu, como si fuese un urbanización de lujo a las fueras de Majadahonda. Más tarde le pregunté a mi primo y me dijo que aquello era El Viso. Me fue muy complicado seguirla, porque apenas había coches aparcados, pero ella en ningún momento echó la vista atrás. Se metió en un bajo, un local contiguo a una de esas gigantescas viviendas. Fue la primera vez que vi cámaras de seguridad en una casa. Empecé a pensar que me podrían estar observando por ellas y me fui.

Llegué a casa, sudando a más no poder, me di una ducha y dejé en el lavabo aquel trozo de cartulina con el número de teléfono. No iba a llamar y mucho menos desde el teléfono de mis tíos. Ya había conocido aquel primer DOMO que registraba las llamadas. Ni loco llamaba. En un principio pensé en las clásicas cabinas, pero no me apetecía recorrerme la para mí desconocida Madrid buscando una de ellas.

Cuando anocheció, me volví a quedar solo en aquella casa. Recordar la edad que yo tenía, para mí todo esto era una pequeña odisea en soledad en una jungla de asfalto. Decidí volver, pero estaba con la idea de que un chico esperando solo en una de esas calles de millonarios llamaría demasiado la atención. ¿Os acordáis de aquellos cigarros de mentira caseros que se hacían con polvos de talco que al soplar salía y parecía humo? Yo no fumo, así que se me ocurrió que la excusa perfecta para esperar en la calle a oscuras era fumar. La gente que fuma en la calle siempre ha tenido la tranquilidad de que están haciendo justo lo que tienen que hacer, fumar en la calle. Nadie les vigila, nadie se siente amenazados por ellos. Están fumando, es lo que hace la gente. Pegarme media hora allí de pie sin hacer nada hubiese sido demasiado receloso, en cambio, pegarme media haciendo como que fumo apostado en un rinconcito era lo más normal del mundo. Y eso hice.

Me hice uno de esos cigarrillos y con la idea muy clara de que aquella trabajadora ya estaría en su casa y nadie de allí me reconocería me fui a la puerta de aquel bajo. Mi teoría era más que cierta, nadie me miraba. Allí estaba yo, soplando polvo de talco durante la noche y dándole las buenas noches a algunos vecinos de la zona que se cruzaban sacando al perro. También fue la primera vez que vi parar marcas de coches que ni conocía, como aquel Bentley que me hizo sentir como un cateto de pueblo.

Solamente entraban mujeres. Está vez sí, mujeronas, de las mismas ideas mentales que yo tenía en mi cabeza. Algunas incluso iban de dos en dos. Tocaban aquel timbre del bajo e iban entrando. Me acerqué a uno de los ventanales donde pude observar cinco lavaderos de cabeza de esos de peluquería, un pequeño saloncito sin nadie dentro. En ningún lugar ponía nada, ningún atisbo de que allí hubiese un negocio. Ningún cartel, ninguna señal.

Me marché de allí, sobre las 22:30, cuando vi que ya no había movimiento alguno en la puerta. Me fui a casa y cené con mi primo unos filetes rusos que jamás olvidaré. Estaban buenísimos. Vimos Gladiator, peliculón.

Al día siguiente llamé a ese teléfono, pero eso ya lo contaré más adelante.


Dormí poco. Aquella noche fui un centinela pensativo. Siendo sinceros lo que más sorprendió de mí mismo es que no me hiciese ninguna paja. La situación, como ya comenté con anterioridad, estaba totalmente alejada del erotismo y tengo que decir en favor de Rusell Crowe, que su interpretación en Gladiator fueron las únicas horas que consiguieron ponerme la mente en blanco. Desde aquel entonces para mí no es una película cualquiera.

Mi ventana no daba a la avenida, con lo que a mí me gusta observar la vida en la ciudad. Mi ventana daba a un jardincito peatonal donde recuerdo uno de esos suelos medianamente acolchados con uno de esos columpios de muelle con forma de abeja. Hacía calor. Mucho. Nunca imaginé que en Madrid pudiese hacer tanto calor en agosto. Allí estaba yo, mirando por aquella ventana con una camiseta de pijama de Danup y terminando de soplar todo el polvo de talco de aquel cigarro, para que nadie pudiese pensar que a las tantas de la madrugada había un loco ahí, asomado a una ventana, sin hacer nada, sin fumar.

Al despetarme mi primo me sorpendió con un plan que no esperaba. Él se juntaba con algunos niños bien, los “hijosde”. Era muy madridista y me llevó a una cafetería que estaba dentro del mismo estadio Santiago Bernabéu. Aquí puede que me falle algo la memoria, por eso sería gracioso contar con vuestra colaboración. He vuelto a Madrid en años posteriores y he estado merendando y cenando en el Real Café Bernabéu. Para quien no lo conozca es un local en el que te cobran por entrar, pero te dan una consumición. Es una cafetería y resturante. Desde sus mesas se ve el interior del estadio porque está colocado a la altura de los palcos. El caso es que con los años como he dicho he vuelto allí, pero estaba todo tan diferente, que tengo serias dudas donde si me llevó él, mi primo, en pleno 2001 fue exactamente aquella misma cafetería que a día hoy está. Lo que si recuerdo fue que tomamos algo y que vi el estadio desde una cristalera. Aquí es donde un buen madrileño y madridista podría acotar el asunto. Para mí es importante.

Me pedí una Fruitopía Amor Platánico, una de las opciones más chic que ofrecía la capital. Los amigos de mi primo estaban allí como Pedro por su casa. Hablaban con los camareros como si fuesen colegas de toda la vida, que a lo mejor hasta lo serían y el que mandaba en aquel momento se sentó incluso con nosotros en la mesa. No había nadie allí dentro. Aproveché para ir al aseo y de camino a él me di cuenta que sobre la barra había un teléfono cuyo cable se perdía por debajo de unos refrigeradores. Estaban limpiando. Ese no era su sitio, pero estaba ahí. No era un teléfono de estos verdes y azules de Telefónica, no eran aquellos dispensadores públicos, era un teléfono fijo al uso, normal, negro zaino. Me lo tomé como una premonición.

Al salir del aseo aquel gerente ya no estaba sentado con mi primo y sus amigos y aproveché:

  • “Disculpe. ¿Podría utilizar el teléfono?”- le dije sin dudar mientras le señalaba el terminal encima de la barra.
  • “Claro, sin problema.”- tenía la seguridad de que no iba a querer quedar mal con ese chavales que parecían tener unos padres importantes.

Me dio mi espacio. Mi intimidad. Y llamé.

Pregunté por Maurie. Me dijo “soy yo”. Me quedé pasmado. Aun preguntando no me esperaba hablar con ella directamente. Fue muy amable pero muy escueta. Me dio una calle y una hora para ese mismo día. Tenía tiempo de sobra. Colgué y disfruté del Fruitopia. Nadie me preguntó, eso fue lo mejor. El anonimato de la gran ciudad.

La calle resultó ser el mismo local bajo de El Viso. Lo comprobé antes de llegar con un callejero que tenía mi tío en unas Páginas Azules encima de un tablero de ajedrez lleno de polvo y debajo de un mueble bar con llave de salón al que sí que le pasaban un pañito con Pronto de vez en cuando. Cuestión de prioridades. Con el itinerario hecho salí de casa. Esta vez, como era lógico, ya no iba en chándal.

Cuando llegué me llevé mi primera sorpresa. El número de la calle que me dio no era el que le correspondía a aquel local bajo, sino al gran chalet que estaba justo al lado. Llamé, dos veces en más de un minuto. Allí en principio no contestaba nadie. Insistí una tercera vez con la vista puesta ya en mi camino de vuelta. Fue entonces cuando abrió la puerta aquella mujer tremendamente normal, de infantería como ya dije, vestida ahora sí, de trabajadora del hogar. Me invitó a pasar a un salón y me preguntó si quería beber algo. Fui un auténtico gilipollas, un subnormal de libro y viéndome agasajado de tantas posibilidades no se me ocurrió otra cosa que pedirle un Fruitopia Amor Platánico, le dije. A aquella mujer le habrían podido pedir cien millones de cosas diferentes en aquellas instancias, pero nadie jamás le había dejado tan en blanco como yo. Reconozco algo de vergüenza al recordarlo

  • “¿Perdona? ¿Un Fruiqué? ¿Amorplequé?”.
  • “Disculpa. Una Coca-Cola”.

Ella insistía.

  • “Si no hay problema. Solamente quiero conocer qué es lo que me ha pedido. Es que no lo he escuchado jamás. ¿Me lo puede repetir?”
  • “Da igual, déjelo, olvídelo, en serio. Si eso además no lo venden en ningún sitio.”
  • “Por favor, dime, es parte de mi trabajo.”

No me quedó otra que echarle una mano para perfeccionar más aun sus conocimientos de trabajadora doméstica, pero yo quería cortar la conversación muy rápido. Me estaba poniendo rojo y no quería que Maurie apareciese escuchándome hablar sobre el Amor Platánico de la Fruitopia.

  • “Se llama Fruitopia. Hay de varios sabores. Uno de ellos es Amor Plátanico. Lleva plátano.”
  • “No lo conocía, muchas gracias. Ahora le traigo una Coca-Cola. Siéntate.”

Ella mezclaba el tuteo tanto como el usted. Normal. Mi edad era la que era.

Fue aquí cuando aparecieron tres mujeres, Maurie, una que siempre pensé que era la tal Vick y otra que apenas abrió la boca. No os imaginéis nada relacionado con Naughty America. Mujeres de cincuenta años, muy adineradas y con la sensación de que habían montado una especie de negocio para mantenerse entretenidas mientras sus maridos, vete tú a saber dónde, trabajaban y movían dinero a espuertas.

Por no eternizar aquella primera entrevista, que verdaderamente no fue tan importante para el total de la historia, me dijeron que su trabajadora, así la llamaban, ya les había pasado la información de aquellas primeras preguntas que me hizo el otro día al lado del estadio y que estaban muy contentas de que existiesen hombres jóvenes deportistas alejados del alcohol y las drogas. Me acompañaron al local, al bajo, cruzando el mismo jardín por el que pasé cuando me abrieron la puerta y me enseñaron unas instalaciones. El mismo salón con los lavaderos de cabeza que se podía observar por las noches desde la calle. Salas de espera con sofás de diseño antiguo, varias estancias con camillas y un baño. No era demasiado grande. Todo muy recogido. Lo que más me llamó la atención era que toda la grifería estaba en color dorado. A mí me pareció una horterada.

Maurie, que era quien llevaba la voz cantante, me mostró un tarro pequeño, como esos que usan las mujeres cuando piden muestras de maquillaje en las tiendas. Fue al grano. Me contó que era semen, aunque ella en las primeras veces lo nombraba esperma. Le sonaría más científico. No hizo falta que me explicase le tratamiento porque ya lo había leído. Me dijo que se dedicaban entre otras cosas a aplicarlo a mujeres de altos niveles, pero que dentro de la problemática de utilizar esa materia prima en concreto, no todas las clientas conocían verdaderamente qué le aplicaban. Que lo más importante de todo aquel tema era la discreción. Si todas las clientas salían contentas no era necesario que conociesen sus secretos, además, que no todos los chefs cuentan los pasos de sus recetas. Las tres tenían bien trabajado un argumentario.

Me hablaron de las propiedades nuevamente del esperma en tratamientos de belleza y me hicieron muchísimo hincapié sobre la importancia de la trazabilidad. Fue la primera vez en mi vida que escuché esa palabra. Me explicaron que no era lo mismo aplicarlo fresco que una vez refrigerado, o que nada tenía que ver si el tratamiento iba mezclado con otros bálsamos para ocultarle los fuertes olores a lejía.

En resumidas cuentas, me ofrecieron la posibilidad de ser uno de sus proveedores. Ellas utilizaban el término “panal”. Como la mismas abejas que la noche anterior observaba desde mi ventana en forma de columpios de muelle. Yo sabía que me era iba a ser imposible aceptar, entre otras cosas porque no vivía en Madrid, aunque eso ellas no lo sabían, así que me metí en el papel y quise conocerlo todo sobre ese asunto. No me hablaron de dinero, solamente me comentaron que eso no tenía absolutamente nada que ver con un prostíbulo, que yo sería el encargado de obtener la muestra y que tenía que traerla una hora y media antes de la cita cerrada de la clienta. Me recomendaban sin ningún problema usar el mismo baño que había visto antes, el de la grifería dorada.

Se iniciaría el proceso de la siguiente manera. En primer lugar tenía que entregar una muestra desde aquel baño, para que ellas lo llevasen a analizar y así descartar posibles enfermedades y obtener la calidad. Una vez obtuviesen los resultados se podrían en contacto conmigo. Yo asentí con la cabeza. Me terminé mi Coca-Cola y me fui diciéndole que ya estaríamos en contacto. Me dieron otra cartulina, ahora sí, con otro número fijo diferente y ahora también un teléfono móvil. Del fijo no me acuerdo, pero al móvil volví a llamar hace años por curiosidad, sin la intención de hablar con nadie. Tenía una de esas últimas tarjetas prepago que te regalaban con un nuevo terminal con 15€ y se me pasó por la cabeza qué sería de todo aquello. Recibí la respuesta automatizada de que aquel número ya no tenía servicio.

Sería la inexistencia de facturas que pagaba por aquel entonces y que todas mis necesidades se encontraban perfectamente cubiertas, que en aquel instante me marché de allí sin hablar de dinero. Sin más me fui a casa. De esta vez no recuerdo ni lo que cené, lo que sigo recordando es todo lo que ocurrió después, pero eso ya lo contaré más adelante.


Hasta ahora no os he hablado en profundidad de mi primo. Estudiaba el último curso preuniversitario en un instituto de Majadahonda. Fue algo que yo, acostumbrado a tardar quince minutos para ir a dar clases, no terminaba de entender de ninguna manera. Su madre le llevaba diariamente y le recogía sobre las 19:00. Hablaban mucho en casa del director del centro. Me dio la sensación de que tenían cierta amistad y que les prometió el aprobado fácil de su hijo para que estudiase con más facilidades lo que él quería. Por aquel entonces mi primo no tenía muchas luces. Solamente repetía que quería estudiar en ICADE. Yo ni sabía qué se impartía allí y además nunca se lo pregunté. Mientras más pronunciaba ICADE más le rehuía el tema. Fue en Majadahonda donde mi primo conoció a su novia, con la que pasaba casi todo el tiempo libre que tenía. Ella, casi recién entrado agosto, se marchó de vacaciones con su familia a Canadá. No me la crucé jamás, pero es algo que le agradeceré de por vida. Gracias a ello empecé a conocer a mi primo.

Mi primo por aquellos años no llegaba a ser el primo tonto que todos tenemos, pero se le venía acercando concienzudamente. A día de hoy es un tío encantador. Hace poco fuimos a su boda. Es de las pocas personas que creo que se alegran verdaderamente al verme. Aunque nunca lo hemos hablado, yo sé que esas semanas de agosto tuvieron mucho que ver. Él, con la agenda completamente rota con su novia a miles de kilómetros y el rabo en pleno fervor adolescente, no tardó una semana en dejarlo con ella. Hablaron los dos primeros días por teléfono, el último de mal rollo y cuando volvió a España ni se cruzaron, además mi primo una vez aprobado el curso ya no tenía que pisar Majadahonda ni por obligación.

Los primeros días fueron un auténtico coñazo. Aguantar a ese bobo con cuerpo de ganso, mustio, cabizbajo en un agosto infernal en Madrid me resultaba una auténtica condena. Me empezó a parecer un tío con una personalidad demasiado básica, ya ni siquiera tontamente enamoradizo, sino más bien un imbécil de libro en todas sus acepciones. Fue por lástima la verdad, muchas veces las razones más absurdas son las que nos llevan a los mejores destinos, cuando le dije que me acompañase a dar un paseo. Aceptó sin decirme ni que sí ni que no. Se levantó de su cama, cogió las llaves y allí que fuimos. A pasear.

Yo seguía erre que erre pensando en mis cosas. En la cosa. En la única cosa que se venía llevando el cien por cien de mi tiempo. Hasta ahora tuve dos encuentros como ya conocéis y de los dos, me quedaba sin dudar con el primero de todos. De hecho, el segundo pasó a mejor vida. No me interesaba tanto ser un panal proveedor como conocer el mundillo que rodeaba a todas esas prácticas. Pensar que para mí, aquel cigarro de mentira en la oscuridad, fue como cargar con todo el peso de una historia de espías sobre mis hombros, en la más absoluta soledad en la primera ciudad que me hizo sentir enormemente vacío y pequeño. Fue cuando más lejos estaba de mí mismo, sin darme cuenta que era cuando más estaba siendo yo. Necesitaba saberlo todo y solamente me quedaba el mes de agosto.

Calle arriba y calle abajo se nos abrió el estómago y mi primo me llevó a cenar. También fue la primera vez que me comí una hamburguesa hamburguesa, americana, con ensalada de col. Mientras escribo estas líneas me estoy dando cuenta de la cantidad de cosas que me pasaron aquel agosto por primera vez. Tampoco recuerdo ni por dónde tiramos ni cómo llegué, pero al igual que con el Real Madrid Café juraría que era el Alfredo’s Barbacoa. Lo que nunca olvidaré fue cuando me preguntaron cómo me gustaba el punto de la carne. No lo sabía. Nunca me lo había llegado a plantear con detenimiento. Contesté lo mismo que mi primo. Poco hecha que aquí la carne es buena. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que mi primo no era tan tonto.

A la salida le fui llevando como sin querer dirección al Bernabéu con la sincera intención de terminar dando un paseo por El Viso como quien no quiere la cosa. La misión era sentarnos en la calle y observar. Ya no necesitaba fabricarme ningún cigarrillo de mentira, ya no sería ningún loco solitario. Ahora estaría acompañado. Paramos en un kiosko. Compré un paquete de arroz inflado, otro de pipas y un Push-Pop que sabía a rayos. Mi idea era mantenernos el mayor tiempo posible en la calle, pero me equivoqué con aquel jodido caramelito que lo único que hizo fue llevarnos antes a casa porque me puso la mano entera llena de azúcar y babas. Aun así estuvimos un par de horas sentados charlando.

A él le encantaban los coches, y yo le hacía mucho hincapié cuando aparecía un carro en condiciones. Le hacía preguntas cuyas respuestas no me interesaban absolutamente nada. Que si cuántos caballos puede tener ese motor, que si cuánto puede costar ese pedazo de bicho y demás típicas cuestiones de alguien que no tiene ni puta idea ni de bicicletas. Disfrutaba como un cabrón. Creo que nunca se sintió tan protagonista de algo. Fueron las primeras cinco horas de su vida que no mencionó nada de ICADE.

Yo me fijaba en la fauna, en el sarao. No todos iban a pasar cerca de aquel local. Como es evidente muchísimos pasaban de largo, tanto andando como en vehículo. Él de vez en cuando me golpeteaba el brazo indicándome marca y modelo de uno que pasaba por ahí, de otro que paraba en un semáforo cercano y siempre normalmente, resaltaba algo de las llantas. Yo, sin embargo, no podía apartar la vista de los que iban dentro. Por lo general, la mayoría de los conductores se movían entre rostros desubicados y personajes sudamericanos con frondosos bigotes, lo que me llevó a pensar que eran conductores contratados. Cuando te fijas es muy fácil darse cuenta de quién va al volante de algo que no le corresponde. Es como saber llevar un traje. No importa lo que te gastes en él. Es algo que se lleva por dentro.

Cerca del local pararon esa noche sobre cinco coches que yo pudiese ver. Se bajaron mujeres de una en una y lo que no sabría indicar es si entraron al local o al chalet, porque desde mi perspectiva era complicado verlo con claridad. Mi primo a lo suyo y yo a lo mío, en dos mundos totalmente diferentes, pero más unidos que nunca. Por nuestro lado pasaban pivones de yate que salían de fiesta, pero él ni miraba. Y yo ahí, chupando Push-Pop de mora como un niño malito con las babas llegándome al codo. Él solamente escupía arroz inflado sabor barbacoa mientras no paraba de señalar coches. Un cuadro.

No creáis que me sentí tentando a contarle algo. Nos unía simplemente una línea sanguínea de la que yo alguna que otra vez hasta dudé. Siendo más pequeño aquella noche fui su hermano mayor sin que se diese cuenta. Le conseguí borrar Canadá del mapa. Justo ahí aprendí que si los banquitos estuviesen más ocupados y las discotecas más vacías, el mundo sería un lugar mejor.

Yo llevaba puesta la camiseta del Borussia Dortmund, en mi defensa diré que la primera equipación, no la que era totalmente fosforita. Era bastante aficionado a comprar camisetas de fútbol de todas las ligas. Todavía las guardo todas. Salvo una del Ajax negra que le compré a un negro mantero en el paseo de marítimo de Fuengirola que terminó deshaciéndose en la lavadora.

De la nada apareció un hombre. No sé si tenía especial interés en charlar con nosotros sobre fútbol o fue la mejor excusa que encontró para pasar un rato acompañado, pero Julián, el portero de uno de los edificios cercanos, hasta aquel entonces un completo desconocido, comenzó a darnos palique sobre aquella portería que tiraron los ultras en 1997, durante un partido de Champions, Real Madrid CF – Borussia Dortmund. Mi primo como quien oía llover, pero yo aprovechando su facilidad de lengua, le empecé a preguntar por el barrio, concretando un poco sobre ciertas idas y venidas de coches lujosos. Los porteros hablan mucho. Muchísimo. Y lo que comenzó como una conversación de fútbol terminó con una disertación académica sobre los vecinos más poderosos de la zona. Lo que nos hizo saber a mí me dejó el cuerpo un poco parado, pero eso ya lo contaré más adelante.


Antes de continuar os diré que el nombre real de Maurie, al menos el que ella me dijo a mí, era María José. Es de los pocos datos reales personales que voy a dar. La otra mujer que algo habló siempre pensé que era la que contestaba en el foro con el nick de Vick, aunque nunca lo llegué a comprobar. La tercera que apenas abrió la boca no la volví a ver jamás. El nombre de María José a algunos os podrá parecer insignificante, para mí no lo fue. En este tipo de situaciones las cabezas de cada cual crean ideas prefijadas de cómo deberían continuar todas aquellas decisiones que se fuesen tomando al respecto. A mi edad las historias imaginarias estaban siempre pinceladas con el ideario ridículo que con normalidad traspasan nuestras fronteras. En mi cabeza, meses atrás, si le hubiese dedicado tiempo a pensar en una mujer de la alta sociedad embutida en extraños negocios y sociedades ocultas seguramente le hubiese puesto de nombre Clarise, Alison o Brenda, como cualquier gilipollas que se empeña en ver siempre el jardín de su vecino más verde. Nadie en su sano juicio y menos un español de bien, puede empatizar lo más mínimo con Clarise, Alison o Brenda. Se llamaba María José, así, sin más, como mi profesora de parvulitos. Y aquello me ataría de por vida al suelo de este mundo.

Ahora os tengo que hablar de Julián, el portero. Julián es un tío para tratarlo a cuentagotas. No tiene mal fondo, pero es de esas personas que siempre creerá saber más que los demás por el hecho de tener simplemente más años. Julián nació en Estremera, en el pueblo evidentemente, no en la cárcel. Presume de haber trabajado como un mulo y de tener las manos llenas de callos. A la quinta vez que lo repitió le dije que nosotros, mi primo y yo, teníamos los callos en los codos de tanto estudiar y que las cicatrices en el cerebro no se ven, pero quien con quince años se va a la obra es porque le ve menos problemas al andamio que a los libros. No volvió a sacar ese tema, así que algo de razón vería en esas palabras. Julián de ocho de la mañana a diez está en ropa de faena, en mono azul, limpiando, barriendo, regando y dirigiendo el trabajo de todos los carteros y trabajadores cuando cruzan el portal. A la diez se escapa, aparece con un bocadillo y al terminarlo se enfunda un traje oscuro para seguir con sus labores. Julián vive en el mismo edificio donde trabaja, en un bajo. Nunca entré en su casa, ni intención que tenía. Toda esta vida de Julián la conozco porque aquella primera charla sobre fútbol y algo más dio lo suficiente como para acompañarle en su hora del bocadillo durante algunos que otros momentos.

Mi primo y yo empezamos incluso a madrugar. En verano, para mí, madrugar es levantarse a cualquier hora que pueda representarte con un solo dígito. Esto nos daba el tiempo suficiente como para desayunar con él. El primer día fue un encontronazo, pero a mí, afianzar cualquier situación por los alrededores del Santiago Bernabéu me venía de perlas y encima Julián, me demostró desde aquella primera noche, que era la enciclopedia que yo ahora mismo necesitaba.

Perdonen que me explaye con Julián y me desvíe un poco, pero es que hay que reconocer que a veces Julián lo merecía. Julián cogía vacaciones en septiembre, por lo tanto, él no era el portero suplente de la época estival. Decía que era como Paco Buyo, que jugaba siempre. Madridista de los que no le ha dado una patada a un balón en su puta vida. Coincidí con él sobre doce o quince días continuados. Por lo general por la mañana, a las diez, a la hora del bocata, pero otras tantas escapándome por la noche.

Julián rondaba ya los sesenta. Para él hablar con dos jovenzuelos era como creer ser profesor de universidad, así que se le soltaba la lengua con una facilidad tremenda. Si te limitas a escuchar por lo general la gente suele contarte más de lo que debería. Era un putero de campeonato. Cuando estaba en Estremera visita Madrid para irse de putas con un amigo. Para él Madrid era como ir a Las Vegas. Ese trabajo en concreto lo consiguió una noche de las suyas. Él contaba que Madrid era la única ciudad en la que podías irte de putas y volver a casa con trabajo fijo. Él decía “ir a putas”, aunque yo siempre he dicho “ir de putas”. Julián contaba que algunos fines de semana su amigo le recogía los viernes al salir del trabajo y se venían sin ducharse en un Renault 5 a Madrid para disfrutar de la noche. El caso es que de una semana para otra le dijo su colega a Julián que tenía que aprender a jugar al poker. Su amigo era comercial de bebidas y llevaba algunos clientes en Madrid. A pesar de ser otro gañan con solera estaba algo más acostumbrado a las rotondas. Se pegó todas las tardes desde el lunes al jueves intentando aprender a jugar a un juego de cinco cartas del que no entendía nada. Su amigo le dijo que le habían invitado a un local muy señorial donde se organizaban partidas de strip poker y que al finalizar todo el tinglado, allí todo el que quisiese terminaba follando con alguna. Y claro está, al enterarse de cómo funcionaba eso, Julián quería quedar bien a toda a costa. Eso sí, recordaba perfectamente que aquella noche sí que se ducharon.

Contaba que cuando llegaron al local que estaba por Capitán Haya iban nerviositos perdidos. Claro, la invitación la tenía su amigo de uno de sus clientes, pero que tras verlo el miércoles de la semana pasada, poco más pudo confirmar. Imagínate ahí, sin teléfonos móviles ni WhatsApp ni nada, los dos medio guapos a la espera desde Estremera. Se les acercaron dos mujeres y confirmaron si ellos eran los de la partida de cartas. Dijeron que sí y ellas mismas abrieron un portal. Subieron a un piso y ya dentro, las mismas mujeres, les pidieron un par de miles de pesetas de las de aquellos años a cada uno. Ellos pagaron y según me decía, se acaban de dar cuenta en ese mismo momento de que eran unas prostitutas de toda la vida. Aunque tampoco les importó mucho. Se sentaron en cuatro taburetes de mala muerte que acercaron a una mesa camilla de pueblo y sobre un tapete, una de las chicas repartió una primera y última tanda de una única carta. La chica le dijo: “¿Quieres otra?”.- y Julián dijo: “Claro, necesitamos más”. Y ella le dio otra sólo a él. Julián, intentando recordar las reglas de aquel poker que le había explicado su amigo, le dijo a la chica: “Sí, dame más, dame las cinco”. Y ella le dijo sorprendida: “¿Qué cinco?”.- “Las cinco, las cinco para el poker que me ha enseñado mi amigo.”- a lo que ella respondió. “¡¿Qué poker?! Si aquí jugamos a la siete y media.” Fue entonces cuando Julián, indignado por haberse pegado todas las tardes de una semana intentando aprender a jugar a aquel extraño juego del demonio, se levantó, cogió el dinero que, aun sin guardar, habían colocado en un mueblecito de la entrada, enganchó a su amigo de la pechera y se marchó indignado. “Para follar yo no necesito tanta parafernalia”.- y dio un portazo. A la semana siguiente, aquella historia le hizo tanta gracia al contacto del comercial de bebidas que le ofreció a Julián el trabajo que ahora tenía. Yo me moría de risa.

Aquella noche, cuando conocimos a Julián, la conversación se centró en fútbol y como no, en aquellos coches de los que a mí me interesaba tanto saber sobre sus dueños. Julián de coches creo que andaba peor que yo, pero se conocía vida y obra de todos los edificios. No me costó mucho tirarle de la lengua, solamente tuve que señalar el sarao que paraba siempre en el micro cruce, cerca de aquel chalet contiguo a aquel local bajo, para decirme que sí, que durante los fines de semana era un no parar. Que seguramente serían las fiestas de un importante señor de El Viso del que se escuchaba que era médico y a su vez director de una importante clínica privada. Un clínica privada de esas modernas, como él decía, para ayudar a las parejas a tener hijos. Una de esas clínicas de inseminación artificial.

Imagino que ahora entenderéis porqué a mí se me quedó el cuerpo parado. Podría haber sido médico de cien disciplinas distintas, pero no. Casualidad. O causalidad. Después de esto yo volví a ver a María José, pero eso ya lo contaré más adelante.


Hablaba como quien pretende venderte un colchón de Lo Monaco. Al poco mi cabeza estaba en otro lado. Tengo la habilidad de hacerte creer que estoy pendiente, incluso soy capaz de cortarte en mitad de la conversación para incidirte sobre ciertos aspectos que pudiese encontrar más relevantes, pero sencillamente me estoy riendo en tu cara, sin que me notes ni una sola mueca. Yo me fijaba, ya menos nervioso que aquel anterior encuentro, en la decoración de sus muebles. María José tenía una casa de cine. Mezclaba las decisiones clásicas de aquel marido director de clínica con el tiempo libre y medio hortera de su mujer. Ella sin embargo siempre iba bastante bien arreglada, una señora, pero tener dinero y no saber en qué gastarlo es lo que te llevará a tener un antílope disecado al lado de un televisor Loewe, de esas que venden en la planta baja de El Corte Inglés de Castellana. Sobre una repisa de mármol, de las que dejan el hueco dentro para la chimenea, tenía un impresionante huevo de avestruz tallado con la imagen de una paisaje africano. Al lado, un galeón español en marfil, con todo tipo de detalles. Valdría un pastizal pero, eso sí, yo no lo hubiese cambiado por mi barco pirata de Playmobil.

Todo esto me empezó a parecer el absurdo de una mujer aburrida con el tiempo suficiente como para quedar conmigo cada vez que su marido no se encontraba en casa. Como es evidente, ni ella sabía lo que a mí me había contado Julián, ni yo se lo iba a decir a ella. Mi intención no era otra que continuar con su cantinela para ver a qué puerto llegaba la historia. Reconozco que en ese momento dejé de disfrutar un poco del camino. Ver su imagen solitaria, sin compañía ahora de ninguna de sus amigas, le hizo perder un poco el glamour de aquella logia secreta que parecía estar regentada por tres brujas, no sabría decir a día de hoy si de las malas o de las buenas.

En un instante ella paró de hablarme. Abrió una caja oscura de madera que tenía sobre una mesa bajita de cristal y sacó de ella una pipa. Una pipa de fumar. Clásica. La encendió con el mechero eléctrico largo ese que compraban todas las madres para encender el termo de gas. Hubiese preferido una caja de cerillas con la información serigrafiada de un local de copas, pero no, se encendió aquella pipa igual que mi madre se encendía los cigarros en la cocina cuando terminaba de fregar por la noche. Me dijo que aprovechaba las visitas para fumar pipa en casa, que en la calle le daba vergüenza, lo encontraba demasiado varonil. Fue entonces cuando apareció aquella mujer tremendamente normal, su trabajadora. Hasta ahora no la había visto porque esta vez fue la propia María José la que me abrió la puerta. Llevaba sobre sus palmas una bandeja, un cuenco con almendras, dos servilletas negras de cocktail y aquel pequeño detalle con el que me entró el mismo frío nervioso que cuando estaba dando caladas de mentira mirando aquella cámara de seguridad, un Fruitopía Amor Platánico. Sin que María José se diese cuenta, dejó la bandeja en la misma mesita de cristal bajo de antes, me guiñó un ojo mientras sonreía y se marchó diciendo: “Espero que esté todo a su gusto.” Pasarán los años y seguirá siendo el mayor acto de profesionalidad que le habré podido observar a nadie. A partir de ahí siempre entendí aquella frase clasista de “el servicio está últimamente fatal”.

Yo accedí a sus pretensiones y ella me dijo que para la primera muestra tendría que llevar tres días sin masturbarme. Aquella noticia me vino de lujo. “Me va a ser imposible entonces hasta dentro de tres días.”- le dije. “Lo supuse.”- me contestó. Con la seriedad digna de un urólogo. El funcionamiento tras esa espera sería la siguiente. Tendría que masturbarme en aquel horrible baño de grifos dorados y entregar la muestra en los recipientes que ella me facilitase. Dicha muestra tendría un periodo de espera de una semana a diez días, para esperar el resultado de unos análisis, que curiosamente, a mí no me harían llegar jamás. Y que a partir de ahí se tomaría la decisión de mi validez como panal.

De todo esto solamente me chirrío y bastante, la idea de que yo no fuese conocedor de los resultados. Además, llevar una muestra ajena a analizar en una laboratorio no me parecía algo muy normal por otra parte, ya que nadie me habló nunca jamás de firmar ningún tipo de consentimiento. Me recalcó que ese era el procedimiento para todos los posibles panales y que era siempre el mismo, sin más.

En ese momento sí que le pregunté sobre el pago y no vaciló ni un segundo. Me dijo que el cobro iba más allá que una simple cuantía económica prefijada. Que dependía de diversos factores, entre ellos la calidad del producto, calidad que entre otros aspectos yo nunca iba a conocer porque no me ofrecerían los resultados de aquellos análisis. Fue la primera vez que tropezó con sus propios argumentos.

Cenas en lujosos restaurantes, entradas para espectáculos, tratamientos dentales, palcos en el Santiago Bernabéu, alquiler de coches gratuitos, parkings céntricos en Madrid, tarjetas trimestrales de teléfono prepago o servicios de lavandería anuales, eran algunas de las propuestas llamativas de aquel catálogo que no existía físicamente pero que María José parecía haberse aprendido de memoria. A día de hoy, con mi actual edad y pagando el impuesto de circulación, con el fin de evitar el puto parquímetro, me tiraría posiblemente por la posibilidad de usar gratuitamente y sin límite una lista de parkings céntricos en Madrid. Sin edad para tener siquiera carnet, ni teléfono móvil, ni haber puesto una lavadora en mi puta vida, lo que más me llamó la atención fue aquel palco para ver el Real Madrid. Por cierto, no sé si sabéis a qué familia corresponden la mayoría de los parkings subterráneos de la capital. A esos niveles y rodeado de buenas amistades más de uno y de dos tendrían abonos gratuitos.

Yo acepté de voz, sin firmar nada y nos despedimos. Aquella noche volví a visitar a Julián. Había un partido de verano en el Bernabeu. No recuerdo quién jugaba, pero los pocos que estuvieron aquel agosto en Madrid parece que tenían intención de ir. La zona estaba llena, o al menos lo que a un provinciano como yo le podría parecer llena. Fui con mi primo después de cenar en casa. Pedimos la peor pizza que jamás me comeré. Una famosa de PizzaHut que se anunciaba con el borde relleno de queso. Eso se lo daban a los presos para que hablasen.

Julián salió de su cueva para sentarse al fresquito con nosotros. Aquella noche no se veía ningún coche particular, solamente algunos taxis que iban parando y dejando personas. Las bocas de metro volvían a tener movimiento. Yo ojo avizor. Aquí era donde más disfrutaba. Observando en la soledad de mi pensamiento. Me faltaba el donut y el café para que aquello pareciese una espera policial. La noche estaba bonita. Madrid cuando quiere te regala unos cielos difíciles de superar. Con los años aprendí que aquellos colores medio morados son debido a la contaminación, pero bueno, no hay mal que por bien no venga.

Vimos parar un taxi cerca del chalet y digo vimos porque quien me avisó fue Julián. “Joder, se parece a la Obregón.”- no digo en ningún momento que fuese ella, vamos a dejarlo bien claro. Digo que a Julián y a mí, mi primo estaba en otros asuntos, nos pareció a ambos Ana Obregón, pero que en ningún momento podríamos afirmar que fuese ella. Es más, estamos totalmente seguros que ella no era, pero es cierto que el parecido era muy similar, sobre todo por la forma de andar, la espalda al descubierto y ese pecho característico, porque a la distancia que estábamos nos llamó más la atención el pelo y el vestido que la cara, que como era evidente era imposible diferenciarla. Bastó solamente aquellos pocos segundos para que Julián empezase nuevamente a contar vida y obra de aquella calle.

  • “La dueña tiene más dinero que él.”
  • “¿Qué él, que quién?
  • “Que su marido. El médico.”
  • “¿El de la clínica?”
  • “Ese mismo.”
  • “¿Y de qué tiene dinero? ¿Trabaja?”
  • “Bueno, hace como que trabaja. Lleva también cosas de médicos.”
  • “¿Cómo su marido?”
  • “No, ella de dentistas.”
  • “¿Dentistas? ¿Y tú cómo sabes eso?”
  • “La boca me la operaron ellos. Vamos, en esa clínica. Le pregunté a mi jefe y me lo recomendó.”
  • “¿Coño, estás operado, de qué?”

Se metió las dos manos al completo en aquel buzón, abriéndose las carnes mientras decía:

  • “De ehhhgtooo.”

Se veía una cicatriz grande.

  • “Por eso me dejé barba, si a mí no me gusta, por tapar el corte. Tenía ya hasta necrosis.”

Y continuó contándome más su experiencia.

  • “Sí, la clínica esa es muy famosa, es la (pongamos) Clínica Mayem. Ella la lleva, pero yo creo que no va por allí. Tiene varias por Madrid, otras por Valencia y algunas por fuera de España. Me costó una pasta y aun así me hizo precio porque venía de parte del Señor Lardizábal.”

Lardizábal fue su contacto, el presidente de la comunidad que le contrató, un padre para él.

  • “Se portaron muy bien conmigo y todo lo que fueron contando luego, todo mentira. Yo cuando fui allí todo estaba muy limpio. Enemigos que tendrán.”
  • “¿Qué pasó?”
  • “Es que de esto ya hace varios años y a lo mejor tú eras muy pequeño. Denunciaron a la clínica y varios dentistas por unos contagios masivos que hubo. Decían que falta de higiene y que no lavaban bien el instrumental, los aparatos. Conmigo se pusieron todos guantes y todo era nuevo, hasta algunos cabezales los sacaron de unas cajitas.”
  • “No tenía ni idea la verdad.”
  • “Pues fue muy sonado, salió hasta en la prensa. Alguno que otro cogió hasta SIDA, imagínate.”

Cada noche con Julián me suponía un jarro de agua fría que os aseguro que no agradecía para nada en aquel agosto infernal. Recuerdo que me entraba temblaera. Me entraba frío, a más de 35 grados. No me fue muy difícil acordarme en ese mismo momento de la propuesta de María José, y de aquella primera muestra cuyos análisis jamás serían entregados al panal. Después de esto solamente volví a ver a María José una única vez más, pero eso es algo que os contaré más adelante.


Volví a ver a María José. Fue la última vez. Me abrió la puerta ella misma y no me invitó a pasar al salón. Nos sentamos en unas sillas de hierro forjado que tenía en el propio jardín alrededor de una mesita oxidada. Me puso encima de ella un teléfono móvil. Me lo regaló. Era un móvil de la marca BIC, como los bolígrafos, con una tarjeta precargada. Me lo dio exclusivamente para recibir su llamada. Me hizo bastante hincapié en que estuviese atento a él. Me despachó rápido. Parecía tener bastante prisa. Quedó en que me llamaría para esa misma tarde. Y digo quedó, porque parecía negociar con ella misma. A mí a estas alturas me parecía estar hablando con el mismo diablo. Al salir me crucé con una pareja que justamente entraba. Ella iba embarazada. Vete tú a saber de quién.

Aquel teléfono sonó. No era María José, sino su trabajadora, aquella mujer tremendamente normal. Me dijo que necesitaban que estuviese allí sobre una hora de la tarde que ahora mismo no recuerdo. Que fuese puntual. Yo le dije que quería hablar con María José. Ella me dijo que no, que no era posible, que lo que necesitase hablar que lo hiciese con ella. Así que le dije de vernos, una hora antes, en el mismo punto que nos vimos aquel primer día. Aceptó.

Cuando nos vimos me dijo que María José quería mi muestra. Nada me cuadraba. Ya no existía ni trazabilidad, ni paja en aquel aseo horrible, ni analítica, ni resultados, ni nada de todo aquello que me venían contando. Una prisa desproporcionada pareció reinar ahora el timón de sus ideas. Ahora. Ya. Eran unas exigencias que me hicieron presagiar lo peor que venía ya durante unos días rondando en mi cabeza.

Como durante toda la historia les seré lo más sincero que mi claridad mental me deje serlo. De ahí nos despedimos, para quedar una hora más tarde y hacer entrega de mi muestra y yo, de todas las opciones disponibles, elegí la de tirar aquel teléfono móvil por una alcantarilla frente al restaurante José Luis. Recuerdo que miraba aquel husillo como quien busca la vida que dejó pasar, sin embargo, yo tenía la mejor metáfora que me habían puesto para abandonar un camino del que ya sabía todo lo que necesitaba saber. No sin antes aprovechar el saldo para llamar a mis padres. Ellos subirían a Madrid el último fin de semana para aprovechar unos días con mis tíos y bajarse conmigo. Quedaban dos días. Dos noches antes de que llegasen. Dos noches que se las dediqué enteramente a mi primo y como no, a Julián.

Lo mejor de todo es que aquellas noches refrescaron y tuvimos esa primera sensación veraniega de echar de menos una sudadera por encima. Esas noches son mágicas. Siempre pasa algo interesante. Es uno de los pequeños detalles por los que merece la pena vivir. Éramos tres solitarios hombres contándonos nuestros más oscuros secretos a sabiendas de que nunca jamás nos volveríamos a ver. Fue una especie de despedida alegre sin que nadie le dijese adiós a nadie, como un hasta luego que todos saben que será un hasta nunca, no por deseo, sino porque cada uno de los momentos que habíamos vivido iban a ser irrepetibles. Ya nunca un agosto en Madrid volvería a ser como ese. Sobre todo para mi primo. Él era el más consciente de todo y se le escuchaba paladear cada segundo como una buena carne poco hecha. En sus ojos se leía la felicidad y la decisión de no volver a verse jamás con Julián, a pesar de vivir a un paseíto, a sabiendas de que más valía quedarse con el recuerdo de los tres. El mero hecho de saludarse el día de mañana sólo sería reconocer que el taburete siempre iba a quedarse cojo.

Julián sacó una botella de licor de madroño que guardaba escondida detrás de un armariete roído que tenía en su pequeña garita. Nunca he sido de celebrar los momentos con alcohol, pero me fue imposible decirle que no. Sacó tres vasitos de estilo orienal. Sirvió tres chupitos y brindó por nosotros. Era la primera vez que lo probaba. Tuve que reconocer que estaba buenísimo. Los vasitos eran curiosos. Contenían en el fondo un dibujo desenfocado que cogía perfecta nitidez cuando lo llenabas con el licor. Eran tres mujeres desnudas, tetonas, con el coño bien peludo. El mejor recuerdo que se le ocurrió comprar de un viaje a Cantabria. Con la tontería de mira el dibujito que gracioso, nos bebimos aquella botella de licor de madroño entera. No hubo esa noche nadie en Madrid que disfrutase más que nosotros tres en aquel banco, en mita de la calle, sin música, sin mujeres, al abrigo de una botella y de tres amigos que todos sabían que tras irse a dormir, iban a dejar de serlo.

Aquella noche nos soltamos. Julián le preguntó a mi primo que si era maricón, así, del tirón. Mi primo me preguntó si me había hecho pajas estando en su casa porque decía que me había escuchado. Y yo, sin poder aguantarme, le pregunté a Julián si tenía SIDA. Aquí las risas continuaron, pero no desde el mismo rictus. Mi primo permaneció todo el rato callado.

  • “¿Por qué me preguntas si tengo SIDA?”
  • “Sabes perfectamente por qué te lo pregunto.”
  • “Oye, que le haya preguntado a tu primo si es maricón no quiere decir que yo lo sea.”
  • “No voy por ahí Julián.”

Se hizo el silencio, apuramos los tres el último chupito y dijo Julián:

  • “Dame los chupitos que los recoja, los guardo dentro y ahora seguimos hablando.”

Mi primo no entendía nada, seguía riéndose medio borrachete y yo la verdad, acostumbrado a no beber, borrachete entero, aunque con la cabeza muy bien dirigida a mis intereses. Estaba en el descuento. A pocas horas llegarían mis padres a Madrid. Museo, bocata de calamares, paseíto por Gran Vía, unas compritas y de vuelta de nuevo a mi vida. Era ahora o nunca. Y ahí llegó Julián de encendiéndose un purito, seco como el ojo de un tuerto.

  • “Vamos a ver, ¿qué es lo que quieres saber?”
  • “Si cogiste alguna enfermedad cuando te operaron.”
  • “Hepatitis C, nada que ver con el SIDA. Me la diagnosticaron a los meses.”
  • “¿Cómo te encuentras?”
  • “Bien. Está totalmente eliminada. ¿Por qué me has preguntado eso?”
  • “Ha salido alguna noticia de los negocios del milloneti, el del chalet y hablaban de infecciones provocadas.”
  • “Yo también lo he leído. Yo tuve suerte. Te voy a contar la verdad. A mí la operación no me la llegaron a cobrar. Por eso no presenté ninguna queja.”
  • “¿Fuiste recomendado por tu jefe no?”
  • “Sí. Lo hablé con él. No sabía nada. Yo tuve hasta suerte.”
  • “¿Suerte?”
  • “Sí. Muchísima.”
  • “¿Y eso?”
  • “La mujer de mi jefe es muy amiga de (Nombre de famosa) y de (Nombre de famosa).”
  • “¡No me digas! Están bastante buenas.”
  • “Pues va a dejar de estarlo durante un tiempo.”
  • “¿Qué les ha pasado?”
  • “SIDA. Y fueron las dos juntas. Una por unos implantes y otra por un blanqueamiento. Yo estoy casi seguro que se lo hicieron queriendo. Fítaje lo que te digo.”
  • “¡¿Queriendo?!”
  • “Sí, queriendo. Hay gente muy retorcida. No sé ni cómo lo harán, si con jeringuillas o con qué, pero yo estoy seguro de que a esas dos mujeres se lo hicieron queriendo.”
  • “Me dejas de piedra. Pues sí que tuviste suerte.”
  • “La verdad nunca va a salir en la prensa. Ese hombre tiene muy buenos contactos y mucho poder. Dicen que tiene otra clínica privada donde va (Nombre de poderoso). Además luego tiene la otra clínica de niños y ahí también le va lo más alto de la sociedad. Solo la primera visita para que te atiendan vale dos millones de pesetas.”
  • “Pues sí que está caro tener hijos.”
  • “Pero es que allí ya eliges hasta el puesto que van tener cuando cumplan veinticinco años.”

Nos empezamos a reír entre los tres y tras un profundo suspiro al unísono y nos dimos un buen apretón de manos, como queriendo medir las distancias entre unos hombres que se habían conocido tan solo hace unas cuantas semanas. Puede que esté equivocado, pero yo creo que de haber cambiado algo de aquel agosto Julián hubiese preferido un abrazo. Al menos, es lo que hubiese preferido yo.


EGC: El Gran Chat de Tabloide.es
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Confieso que... (El confesionario de Tabloide)
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#2

Interesante relato. ¿Qué tal “la mascarilla de Cleopatra” como título?

A mí lo que me ha dejado perplejo es el tremendo recorrido desde Alberto Aguilera (me da igual si la casa estaba más hacia San Bernardo que hacia Argüelles, es una calle corta …) hasta Padre Damián, y un par de vueltas al Bernabéu -en pleno agosto a las 3 de la tarde-, y luego hasta el Viso, y luego vuelta a Alberto Aguilera … porque has dicho que no tenías pasta para el metro ¿no?

Vamos, para reventar cualquier podómetro … eek. Debe ser que la edad influye mucho.

En fin, no destripemos más la historia. Sólo diré que en las tranquilas calles de El Viso siempre hubo muchos centros de perdición. Y depravación, que de todo había.

Me gustaría saber en qué categoría jugaban en aquel que mencionas.


#3

Yo trabajo al lado del Bernabéu y no sé dónde está todo eso!
He de averiguarlo para ponerle localización al relato YA.


#4

Estoy más intrigado con tu relato que por saber que había dentro de la escotilla de Perdidos


#5

Esa zona la conoce muy bien este personajillo de la foto (y quienes le sponsorizaban …)

image


#6

Intrigante y misterioso. Me quedo con ganas de seguir leyéndote.

Mientras te leía en mi cabeza sonaba…


#7

Ojalá me lo acabe encontrando.


#8

Joder @Albe, lo acabo de comprobar. Muy buena puntualización. Es Alberto Alcocer. Siempre las confundo. Ahora te cuadrará más. Edito el texto.


#9

Haberlo dejado así. fiuuu. Muchos ni se hubieran enterado, y total, el kernel de la historia no cambia por ese detalle. A mí es que me entraron sudores al leerlo, pero también me lo hubiese creído. A los 17 años se hacen cosas que nunca jamás repites.


#10

Desde Alberto Aguilera me da que también me muero incluso con diecisiete años.

:jajaja:


#11

Yo también espero con moderada impaciencia la continuación del relato pues me ha resultado más entretenido e interesante que muchos otros que he leído. Y como argumento para una película, con un poco de imaginación, una pizca de fantasía y un pellizco de especulación; lo llegarías a bordar.
He visto películas con un argumento tan baladí, que mientras las estaba viendo pensaba que las había escrito alguien “fumado” o que al escritor le habían dado un plazo inminente para hacerlo; algo así como que el productor necesitaba tener activos a los empleados, incluidos los actores, y necesitaba el guión para el día siguiente.
Este relato tuyo promete. No lo aparques.


#12

Tiene buena pinta la historia, no nos dejes con la intriga.


#13

No se porque pero mientras leía tu relato me he sentido transportado a la historia como si yo mismo la viviese. Será porque están echando gladiator en la 1 está noche…


#14

Muy buen relato… También me tienes en vilo como lector. No puedes dejarnos en ascuas mucho más tiempo.


#15

Me quito el sombrero. Necesito saber más. Quiero conocerlo todo.


#16

Pinta muy bien esta historia. No sé si lo considerarás un halago, pero según leía te imaginaba como el protagonista de “La sombra del viento” resolviendo un misterio a caballo entre lo clandestino y lo lúbrico.


#17

No he leído nada de Zafón en mi vida. De hecho no soy de leer novelas. Me aburren como a un cabrón.


#18

Por favor que la segunda parte no tarde mucho.


#19

Por cierto, ¿cómo te hacías los cigarrillos esos para dar el pego?


#20

Joder es verdad!!! Igualita la forma de escribir!