¿Un cuento de hadas?


#1

Hay palabras del inglés que son muy bonitas, como flamingo https://dictionary.cambridge.org/es/images/thumb/flamin_noun_002_14159.jpg?version=3.1.115
Kangaroo
https://www.viajejet.com/wp-content/viajes/canguro-fauna-australia.jpg
o Cinderella
https://dictionary.cambridge.org/es/diccionario/ingles/cinderella
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQX8IF441cWxuYc7oX1C7YvhzddZ7T5M5E-aGSFcNB7v9xQDS-tvw

Esta última suena también muy bonita en italiano: Cenerentola.
Suena dulce, musical. Muy adecuado para un cuento de hadas.
Un cuento de hadas antiquísimo y prácticamente universal.
Desde la cenicienta egipcia (Rhodopis) que enamora al faraón: http://www.aldokkan.com/art/cinderella.htm
a las versiones china (que introduce el “pie de loto”); la vietnamita o la de los indios Abenaki en Norteamérica.

No es extraño pues, que el cuento de hadas haya inspirado a otros muchos escritores, entre ellos:



https://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/grimm.htm

https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/la_cenicienta

que haya inspirado a libretistas de ópera como


al grupo Kool & the Gang

al cantautor Roch Voisine


inspirado en este cuento
http://www.indigenouspeople.net/invisibl.htm
de los indios

y a cineastas como: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/df/Walt_Disney_1946.JPG/250px-Walt_Disney_1946.JPG
o: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/c/c7/KennethBranaghApr2011.jpg/220px-KennethBranaghApr2011.jpg

Libros, canciones, películas de dibujos animados y con actores reales, ópera… Todo un mundo idílico, de ensueño. Con su porción de penuria, pesadumbre y sacrificio previos; para que el desenlace resalte más y resulte más gratificante.
Para transmitir a los oprimidos, un mensaje de esperanza que les ayude a sobrellevar las fatigas cotidianas.
Los cuentos de hadas son útiles para distraer a los niños e incluso para comenzar a enseñarles los fundamentos de la ética y la moral.

La verdadera historia de una verdadera cenicienta.

Una cenicienta que ni soportó tanto desprecio, ni obtuvo tan gran recompensa; si por tal se entiende llegar a ser elegida por el Rey para ser su consorte y, por tanto, Reina.
Las verdaderas cenicientas se desenvuelven en un mundo donde no existen tales extremos. Pero no por ello dejan de ser interesantes:

La hija del guarda jurado que por tener una edad – para la época - ya apta para comenzar a trabajar – recordemos que tenía a la sazón, doce años – el amo, patrón o dueño del palacio, que por aquel entonces estaba recién casado, previa consulta con su madre y su esposa, propuso a la viuda del guarda jurado acoger en su casa a la hija mayor, a modo de hija adoptiva.

La muerte del marido, la dejó sin hogar, la separó de sus hijos, separó a los hermanos, que cada uno fue por un lado y -dentro de lo malo – pensó que la niña - que lo era, aunque fuese esa época – no iba a estar en ningún sitio mejor que en la casa del amo. Aunque tuviese que trabajar. Porque…al fin y al cabo ¿no iba a tener que trabajar también el hermano que había adoptado su cuñada? Seguro que sí, porque los hijos de su marido no eran de los de comer la sopa boba, podían y sabían ganarse su sustento y éste no iba a aceptar ser una carga para sus tíos.

Pues igual la niña. Era una pena que tuviese que dejar la escuela, pues al entrar a formar parte de la familia – seguramente más como criada que como hija – no podría estar “apuntada” (matriculada) en la escuela, al tener el amo casa en varias localidades, además de en las capitales (de la provincia y del reino) y no tener costumbre de permanecer todo el tiempo que dura un curso en ninguna de sus casas.

Por lo demás ¿donde iba a tener mejor sustento? ¿dónde mejor ropa y calzado? ¿dónde mejor lecho, menos frio, mejor abrigo? ¡Pobres niños! Tan pequeños y lejos del cariño y el roce de sus padres.

La niña sentía agobio y angustia, pensando en sus hermanos a los que tantísimo quería y que ya no iba a verlos sino de cuando en cuando, más de tarde en tarde, que a menudo.
¿Cómo se valdrían los pequeños, solo el uno con ocho años y solas las otras dos con cinco y dos años, internos los tres entre chicos y chicas mas mayores, sin el apoyo de sus hermanos ni el respaldo de sus padres?

La niña no pensaba en sí misma. No tenía miedo. Sentía dejar de ver a sus amigas del colegio, pero aceptaba con resignación su nueva circunstancia. El curso no había hecho mas que empezar y ya lo había terminado. Tuvo que dejarlo. Fue un día con su hermano a despedirse de la maestra y las compañeras.

Por lo que más angustia sentía era por la muerte de su padre. Eso era algo que no podía dejar de sentir. ¡Su padre! ¡Se había muerto! ¡Ya no tenía padre! Cuando a su madre se la llevó al cielo aquel funesto cólico miserere, ella ni se dio cuenta ¡era tan pequeña! Pero ahora… ni padre ni madre, ni hermanos. Estaba sola. Sola. Sola.

Su segunda madre se fue con sus hermanos pequeños. Ellos a los internados y ella a “servir” en otra casa. ¿Cómo se las arreglaría su madre en esa nueva casa si era analfabeta? Sin su marido, sin sus hijos que la podían leer el periódico o escribir una carta. ¿Cómo los iba a escribir si no sabía? ¡Qué soledad, qué tristeza y qué angustia, Dios mio!

Su hermano mayor se había ido después del entierro con el fraile que le habían asignado como compañero de viaje.

El hermano segundo, se fue con sus tíos, que habían venido a buscarle cuando ya tuvieron que abandonar la casa. Habían venido con un carro para llevarse los pocos muebles que sus padres tenían y que su madre no podía llevarse con ella: una cama, un colchón, un baúl… y poco más. Las literas eran de la casa. Los jergones allí se abandonaron. Los útiles de cocina pertenecían a la casa, como la chimenea.

La niña no tenía nada. La ropa que llevaba puesta y un hatillo que su madre había preparado para ella; con otro vestido, una falda, dos blusas, dos pares de calcetines y dos o tres braguitas. Y en dinero la dejó ocho pesetas - el equivalente al sueldo diario de su padre -entre perras gordas:


perras chicas:

unos cuantos reales:

y dos pesetas de plata:

La casa-palacio.

El palacio era un monumento con siglos de historia en sus muros. Con muebles antiquísimos, armaduras, cuadros, tapices y alfombras para aburrir.
Solo para mantenerlo limpio se necesitaban dos “doncellas” sin tener en cuenta las mujeres que, antes de que los dueños fuesen a pasar allí una temporada o después de dar por acabada la estancia, ayudaban a retirar o poner, las fundas y sábanas que protegían del polvo a los muebles; a sacar o guardar la ropa de cama de los baúles y cómodas; a hacer o recoger las camas; y a dar un agua a la vajilla y cristalería para dejarla lista para el uso; o recogerla en sus armarios y vitrinas, cuando los amos se iban.

Pero donde el amo tenía el cuartel general era en otra localidad no demasiado lejana pues se encontraba a unas seis leguas del palacio.
Allí, tenía predios rústicos y urbanos que atendían sus criados y le proporcionaban pingües beneficios: viñedos, huertas, rebaños de ovejas, vaquería, pastos y tierra de labor suficiente para cultivar cereales en abundancia… (recordemos que llegó a ser diputado censitario por ser el mayor contribuyente de toda su provincia).

Aquella casa no era tan grande como “el palacio”, sin embargo era mas palacio. Era una casona como las que en Cantabria, Asturias o Extremadura construían los indianos.


Las ventajas que tenía sobre “el palacio” eran que estaba dentro del casco urbano, rodeada de vecinos; aunque aislada por un alto muro.
Dentro del recinto había caballerizas y cocheras, con acceso por unos grandes portones de madera situados al lado de la fachada principal. Y en las cocheras una tartana, una calesa, otro coche de caballos cerrado al que llamaban “la carroza” y un coche con motor de la marca Hispano- Suiza:

Palomar en un rincón del recinto.
Jardín con alberca - que podía servir de piscina -, merendero con bancos y mesa de piedra tallada y cubierto por una pérgola.
Bodega - con más de seis mil botellas - en el sótano.
Pozo con bomba de agua en la cocina y canalización hasta el lavadero.
Horno para cocer el pan allí mismo.
Lavadero para no tener que ir al rio o al lavadero público.
Cuarto de planchar. Cuarto de coser. Despensas. Leñeras…

Lo que más apreciaba la niña de esa parte de la casa era el lavadero, porque en el palacio, tenían que ir a lavar al rio; que aunque lindaba con el huerto “de su padre” (siempre lo fue) y, por tanto, estaba relativamente cerca; tenía auténtica aversión a los reptiles y anfibios, los cuales abundaban en las aguas de aquel rio y su proximidad.

La parte noble no la frecuentaba, pero la conocía muy bien porque tenía que cuidarla: hacer las camas, lo primero; limpiar el polvo a los pasamanos y balaústres de las escaleras labrados en nogal; barrer y fregar los suelos de baldosas; aplicar cera y sacar brillo a los suelos de tarima; sacudir las alfombras, encerar los muebles, abrillantar la plata; recoger la cubertería y la vajilla de las mesas de los comedores - según donde hubiesen comido los dueños -, fregar, guardarla en sus cajones y vitrinas…

En la planta baja había un gran salón con sillones y sofás dispuestos formando un cuadrado con una mesa baja de grandes dimensiones entre ellos; otro sofá aparte, adosado a una pared; tres sillones aislados con lámparas y mesitas a su lado; una gran mesa para comer, rodeada de doce sillas; vitrinas y aparadores con vajillas de porcelana, juegos de café y de té; cuberterías y cristalerías; muchos adornos de porcelana, cerámica, mármol, plata, cobre y bronce; las paredes llenas de cuadros; puertas deslizantes de entrada desde el portal con vidrieras polícromas; galería acristalada orientada al sur con puertas abiertas al jardín y una puerta lateral por donde se accedía a la zona del comedor desde el cuarto de plancha anexo a la cocina.

Más allá del salón donde habitualmente posaban los dueños, estaba el salón de baile. Una especie de patio interior cubierto pero con suelo de tarima y no con el techo de claraboyas, sino con el techo raso como los techos de las habitaciones. El suelo de la primera planta, por encima del salón, estaba cortado. A lo largo de los cuatro costados del hueco del piso había un corredor con balaustrada. En medio de uno de los lados del corredor, había una habitación abierta al hueco del salón; donde se instalaban los músicos cuando iban a tocar. Allí había un piano, atriles y sillas.

El portal y las escalera hasta la primera planta eran de mármol y luego de madera de nogal hasta los desvanes. En la primera planta, además de dormitorios en el lado sur, había otro comedor con las cuatro paredes cubiertas por un mueble desde el suelo hasta el techo, con huecos con adornos, vitrinas, armarios cajoneras. Y otra mesa mas grande y mas bonita que la de abajo con dieciséis sillones.
Y al lado del comedor la biblioteca.
Aquella estancia era su preferida, su favorita. Cuando la dueña y su marido la enseñaron la casa, estancia por estancia, dándola instrucciones de lo que debía hacer o no, en cada una de ellas; al entrar en aquella biblioteca:

se quedó extasiada. Nunca se hubiera imaginado que hubiese bibliotecas como aquella. Preguntó si podría leer alguno de aquellos libros.

Y el dueño dijo que ¡claro! ¡por supuesto! “Podrás coger el libro que quieras, llevártelo a tu habitación para leerlo y tenerle allí hasta que lo acabes. Puedes leer todos los que quieras. Ya ves que están clasificados por secciones”.
Y la iba señalando las vitrinas: “aquí, literatura infantil” “aquí, de viajes y aventuras; aquí, novelas; aquí de ciencias, de geografía, de política, de filosofía”… “¿ves? Te lo pone en cada vitrina. Puedes leerlos todos, menos los de esta vitrina. Esta vitrina está cerrada porque son libros muy complicados y no los vas a entender. Cuando tengas que pasar el polvo, me pides la llave, los limpias y me la devuelves. ¿Lo has entendido?”

  • Si, señor; así lo haré.

El otoño del treinta y cinco, lo pasó en aquella casa-palacio aprendiendo a cocinar ayudando a la cocinera; a lavar y planchar la delicada ropa de la casa – que había que almidonar – ayudando a las doncellas; y tantas cosas nuevas que ni sabía que existían.

El patrón y su mujer embarazada, se habían ido a Madrid a pasar una larga temporada con la familia de la esposa y la Navidad a la vista; con la idea de que su hijo naciera allí y que la parturienta tuviera cerca a su madre.

Después de Reyes se disolvieron las Cortes y se convocaron elecciones que se celebraron después de San Valentín y las ganó “el frente popular”.

Se notaba a la gente preocupada. A los hombres alarmados, inquietos, intranquilos. Esto se lo contaban a la cocinera, muchas veces estando la niña presente, los demás criados del patrón; cuando aprovisionaban la despensa o la leñera, iban a echar pienso o dar agua a las bestias de tiro, a arreglar el jardín o cuidar el palomar.
Se volvía a hablar de que estaban quemando iglesias y conventos, de que había habido muertos a tiros y en atentados. Cenicienta recordaba vagamente que aquello ya había pasado cuando ella tenía ocho años, por haberle oído a su padre hablar de ello con su madre y sus hermanos.

La guerra.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el patrón no estaba tranquilo en la capital, pero esperó a que su mujer diese a luz e inmediatamente después regresaron al pueblo. En el pueblo se sentía mucho más seguro. Asignaron a la niña un nuevo trabajo, otro trabajo, un trabajo más: cuidar de la recién nacida. Hacer de madre para ella en todo lo que no fuese amamantarla, que lo hacía su madre porque tenía leche abundante. El amo estaba dispuesto a contratar una ama de cría, pero su esposa la rechazó por no creerlo necesario.
Y así transcurría la vida mientras duraba la guerra. Toda la guerra permanecieron lejos del frente de batalla, en la retaguardia. Una temporada en el pueblo, otra en el palacio y otra en la capital de provincia.

Cuando estaban en la capital y tenía una tarde libre iba a ver a su madre o a sus hermanas.
Al hermano segundo le veía a menudo en el pueblo ya que vivía allí con sus tíos.
Al hermano mayor, que ya no salió de los frailes, no lo vio en toda la guerra; porque la Compañía Religiosa a la que pertenecía, ya con los acontecimientos de mayo del treinta y uno – el mes siguiente a la proclamación de la República –

se había trasladado a las residencias que tenían en el campo (en fincas a las afueras de pequeños pueblos alejados de las zonas con mayor peligro).

Al hermano pequeño tampoco lo volvió a ver en muchos años, porque su internado estaba en Vizcaya y cuando comenzó el ataque al cinturón de hierro de Bilbao,

con los primeros bombardeos, el Gobierno Vasco promovió la evacuación de los niños entre siete y doce años. A su hermano lo llevaron a Francia.

La cenicienta cumplió en aquella casa los trece…los catorce…los quince…
El año que cumpliría dieciséis cuando comenzase el otoño, acabó la guerra en la primavera.
Para entonces, los amos tenían dos hijas y a las dos cuidaba. Era la doncella de la señora de la casa y de sus hijas. Pasaba el tiempo jugando con las niñas cuando tocaba. Pero también las lavaba, vestía, alimentaba, enseñaba a hablar, a rezar…
Mientras las niñas dormían, cenicienta ayudaba a las otras doncellas o a la cocinera. Por la noche, después de acostar a las niñas, leía todos los días un rato en su dormitorio antes de dormir. Por la mañana ayudaba a preparar y servir el desayuno, desayunaba ella y de seguido, se preocupaba de que las chiquitinas estuviesen atendidas. Y las cuidaba con mimo, pensando en sus hermanas internas. Se decía a sí misma:”¡ojala que mis hermanas tengan a su lado alguien que las cuide como yo cuido a las hijas de los dueños de esta casa”.

Era como su hermana mayor, al contrario que en los cuentos de hadas, que la Cenicienta era la pequeña. Y, al contrario que en los cuentos de hadas leídos en la biblioteca de la casa-palacio, tampoco la maltrataban; porque eran mucho mas pequeñas y porque se había ganado su afecto.

La posguerra.

Acabada la guerra, el patrón volvió a ser Diputado. Entonces pasaban largas temporadas en Madrid.
La cenicienta conoció Madrid. Los dos primeros años, paseando a las niñas. Luego acompañándolas en el trayecto entre la casa y el colegio.
En sus ratos libres, alguna vez cogía un tranvía y se hacía el recorrido completo, para conocer la ciudad; o visitaba un museo, o se iba a rezar a una iglesia, o a ver monumentos o a recorrer sus plazas, o a pasear por sus calles.
Y al teatro. Vio muchas obras teatrales y casi todas las zarzuelas. ¿Como se lo podía permitir? Muy sencillo: el padre de su señora tenía palco privado en aquel teatro y muchas veces la mandaban llevar a las niñas al teatro.
Eran los años del racionamiento:



http://gregoriofernandezcastanon.com/cartilla.html

pero en la casa de sus patrones no faltaban alimentos. Se conseguían “de estraperlo”:

Cenicienta aprendió a desenvolverse en la calle, a comprender el trajín de la gente, a conocer, detectar y esquivar a los estraperlistas ya que ella no necesitaba tratar con ellas o ellos, porque eran los propios estraperlistas los que llevaban los productos a la vivienda.
Accedían por la puerta de servicio y se les atendía en la cocina. La cocinera pagaba con dinero que su señora reponía cada vez que se realizaba un pago con los fondos que había destinado a ese menester y que se guardaba en una caja de hojalata escondida en un anaquel de la despensa.
Los precios estaban pactados de antemano. La cocinera, cuando se marchaba el vendedor, avisaba a su señora para que acudiese a la cocina a ver lo que habían traído y conocer lo que había costado. La cocinera algo sisaba. Cenicienta lo sabía, pero se lo callaba. También a ella su padre la tenía dicho de siempre: “tu; oír, ver y callar”. Pero la señora, que tampoco era tonta, también lo sabía. Y no la importaba.

En el pueblo, el palacio y el piso de la otra capital, no necesitaban andar con esos trapicheos, pues les sobraban recursos.
Al contrario, el amo tenía que esconder parte de la cosecha de cereales, especialmente el trigo.
Cuando la cámara frigorífica empezaba a vaciarse, mandaba el amo matar un ternero y la volvían a llenar. Además mataban todos los años tres o cuatro cerdos entre San Martín y San Blas. En Navidad y Pascua de Resurrección mataban un cordero. En los cumpleaños de los patrones mataban un capón.
En la vaquería se hacían quesos de vaca y de oveja.
El pan lo compraban en la panadería del pueblo ateniéndose al racionamiento pero cada semana hacían pan en el horno de casa. Unas hogazas enormes que se guardaban en un arcón del portal:


y otro que estaba en el pasillo de salida de la cocina a las leñeras y al patio:
image
El jabón también lo hacían en el patio de la casa con sosa y el aceite de freír usado que se guardaba en una pequeña tinaja para cuando llegase el momento de hacer jabón.
El aceite y las aceitunas se lo traían de la Sierra de Gata a lomos de mulas en tinajas metidas en albardas.
El arroz se lo traían del delta del Ebro en sacos sobre angarillas a lomos de mulas. Los demás productos racionados como el azúcar, el cacao, el chocolate, el café y el tabaco se lo traían de contrabando de Portugal a través de la frontera con Zamora. Estos últimos productos salían muy caros, pero el amo lo contrarrestaba con la venta de estraperlo de la harina de trigo que le sobraba. Cenicienta sospechaba que su patrón debía dedicarse al estraperlo de más productos; porque se decía: “¿para qué sino, traen tanta cantidad, si aquí no se gasta ni la mitad?”

Así vivió cenicienta la postguerra desde sus casi dieciséis años hasta los veinticinco. Las hijas del dueño hicieron por aquellos años la primera comunión. Por el verano hacían excursiones campestres por los alrededores. La dueña mandaba al cochero preparar la calesa a tal fin, a la cocinera preparar una cesta de pícnic y a cenicienta acompañarlas.

A las romerías cercanas iban los dueños con sus hijas en el coche de caballos - que guiaba siempre el cochero - y llevaban a cenicienta para cuidar de las niñas.

En esas ocasiones, cenicienta se sentía como aquellos esclavos de Roma que disponían de un peculio profecticio:
https://deconceptos.com/ciencias-sociales/peculio
que no tenían bienes en propiedad, pero los poseían, administraban y disfrutaban como si fuesen suyos.
Como ella decía: “Soy la cocinera, sé muy bien lo que cocino y no como las sobras; porque antes de servir la mesa, aparto mi ración. Si hay pichones, los dos más gordos. Si me mandan hacer natillas, flan, magdalenas, bizcochos o churros, también aparto mi ración, porque como los hago tan buenos, no sobran”.
“Si hago croquetas, empanadillas, huevos rellenos o al plato o tortillas para la cena, los huevos que salen con dos yemas los aparto para mi. Retiro la nata de la leche y me la como untada en una rebanada de pan antes de servir los desayunos, y en fin, a veces me siento culpable de nadar en la abundancia, cuando veo que hay gente que no tiene ni pan que llevarse a la boca”.
“En la casa de mi amo siempre hay alubias, lentejas, garbanzos, habas, guisantes, frescos o en conserva. Nunca falta chorizo ni morcilla, ni tocino que echar a la olla. Fruta fresca desde Junio hasta San Martín. Reserva de frutos secos, uvas oreadas en el desván que llegan frescas o hechas pasas, hasta Navidad. Las trojes llenas de manzanas, peras y membrillos, entre paja; que las mantiene sin pudrir todo el invierno.”

Se consideraba una mujer afortunada. No poseía los vestidos y trajes que tenían la señora y sus hijas, pero no carecía de vestidos porque la señora se los regalaba cuando se cansaba de ellos. Ella aprendió a coser en el taller de una modista en Madrid yendo una temporada y se los adaptaba a su talla.
Con aquella edad, no pensaba en la vejez ni en la enfermedad, entre otras razones porque gozaba de una salud envidiable gracias a la excelente alimentación que tenía.

Desde que acabó la guerra no la faltaron pretendientes porque era una mujer muy guapa. Pero ella se había hecho a aquella vida y los que la pretendían no la podían ofrecer una vida ni siquiera parecida.
Para empezar, se decía a sí misma, no saben ni siquiera comer cada uno en su plato, que comen todos, hijos y padres, de la misma fuente.
No tienen agua en casa y hay que ir a por ella a la fuente. Hay que ir a lavar al rio o al lavadero.
Tienen la cuadra con animales en su misma casa.

Ya estaba acostumbrada a una cocina como esta

mas parecida a esta:

que a esta:

La cocina es de leña; con trébede, seseros, calderos de hierro colgados de la chimenea, tinajera con tinajas para el agua que hay que subir hasta la última planta después de traerla desde la fuente…

image




¡¡Puffff!! …¡Para el gato! ¡lagarto, lagarto!
Prefiero quedarme soltera.

Pero una mujer guapa como ella, lozana y hermosa, totalmente madura a sus veinticuatro años; no puede sustraerse a los embates de la naturaleza, ni evitar sentirse atraída por el sexo opuesto, ni eludir siempre el acoso de los mozos, ni esquivar al destino.
Era virgen. Tanto, que nunca la había besado un hombre, como los hombres besan a las mujeres. Ni la había tocado un hombre, las tetas ni el culo, más allá de un roce con un cuerpo masculino al subir, bajar o dentro de un tranvía o a la salida de una iglesia. Ni ella había tocado a un hombre. Ni lo había acariciado, ni había paseado asida a la mano de ninguno.

Era tan bella, que tenía fama acreditada en toda la comarca: alta, bien formada; con un cuerpo con forma de guitarra y pechos turgentes; morena de pelo, con una larga melena de color azabache; piel blanca con un tenue matiz cremoso como la nata; con el iris de los ojos aceitunado, labios gruesos del color de las cerezas maduras, dentadura perfectamente alineada con dientes blancos nacarados; unas delicadas manos, con dedos largos y uñas mas largas que anchas; caderas altas y piernas largas con pies pequeños – calzaba un treinta y seis -, y todo esto adornado con bonitos vestidos que antes habían sido de su señora, comprados en las mejores tiendas de Madrid; bonitos zapatos (era en lo único que gastaba algo del dinero que recibía por su trabajo en la casa: un par cada año para el domingo de Ramos “que el que no estrena, no tiene manos” decía su señora, cuando durante la cuaresma compraba ropa de vestir para todos; incluyendo a los criados. Para la cenicienta una bata, una cofia, un delantal o - si no tenía demasiado ajada la ropa – unas medias).
Los domingos y días de fiesta para ir a misa y por la tarde para ir al baile en las fiestas patronales, llamaba la atención. Ella era una atracción más en la fiesta, hasta el punto que muchos mozos iban desde mas de diez leguas alrededor, con la esperanza de poder bailar con ella, aunque solo fuera una sola vez. Y si no, aunque solo fuese por verla. Para ellos era como bailar ar con una princesa accesible, porque al fin y al cabo era una criada.
Por eso mismo se mantenía virgen. Porque nunca los mozos consentían que uno de ellos estuviese a solas con ella. Disfrutaban en grupo de mozos y mozas de su compañía; sus suaves ademanes, su voz tranquila al contar las historias aprendidas en los libros de la biblioteca del patrón, o lo que había visto o conocido en Madrid; y su risa franca y cantarina cuando la gastaban una broma, eran como un bálsamo para los demás.
¿Quien sería el afortunado que la enamorase? ¿Y como lo lograría?


San Jordi 18: qué libro regalarías y a quién
#2

¡Oh, la Ópera!
La Ópera explica la vida y todo lo que ella implica


#3

No comprendo. ¿Eres acaso un gran aficionado y por eso lo pones con mayúscula? ¿Porque te refieres a La Ópera en su conjunto?

ópera
Del it. opera, y este del lat. opĕra ‘obra’.

  1. f. Obra dramática musical cuyo texto se canta, total o parcialmente, con acompañamiento de orquesta.

2. f. Libreto, texto de una ópera.

  1. f. Música de una ópera.

  2. f. Género al que pertenecen las óperas.

  3. f. Teatro especialmente concebido para representar óperas.

  4. f. desus. Obra enredosa o larga, tanto de manos como de ingenio.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


#4

Igual se refiere al edificio de la Ópera de Madrid.

O a la estación de Metro. biggrin


#5

Me gusta la Ópera, sí, y es una frase que dice de vez en cuando un amigo, me hizo gracia traerla por aquí.
Lo de la mayúscula es una buena pregunta, mi teclado lo ha querido así.